Escritos parroquiales
Pbro. Gustavo E. PODESTÁ

Número: 58
JUNIO, 2000

JUNIO 2000

"Palabra de Dios", decimos cuando concluimos las lecturas de la Sagrada Escritura en la liturgia. Sin embargo no solo es palabra del Señor el texto de la Biblia, sino también todos los seres y acontecimientos que nos rodean y suceden, surgidos del decir de Dios al hombre, a cada uno de nosotros.

Palabra materializada; palabra corporeizada; palabra hecha, no ya audible e inteligible, sino visible, tangible, palpable. Eso son las cosas de este mundo que pasa”(I Jn 2, 17). “Todas las cosas fueron hechas por el Verbo y sin Él nada se hizo de cuanto ha sido hecho”, leemos en el Prólogo del Evangelio de San Juan (1, 13). Efectivamente, todo ha sido hecho por el Verbo del Padre, la Palabra Personal de la Trinidad Creadora. Como ya lo entreveían oscuramente y en símbolo los hombres de la Antigua Alianza: “ Dijo Dios: ‘Haya...y hubo'” (Gn 1, 3)

“Todas las cosas tienen en Él su consistencia” (Col 1,17), ya que las criaturas, puestas en la existencia por la Potencia infinita de Dios, tienden de suyo finalmente a la nada, a su extinción, como se apaga finalmente el eco de una voz... Para que no ocurra así, hace falta la misma Potencia infinita conservando todas las cosas en el existir. Así lo recordaba San Pablo a los atenienses, siempre inclinados a la filosofía: “ En Él vivimos, y nos movemos, y somos ” (Hch 17, 28). De Él recibimos el ser, por Él nos conservamos en el ser, en Él vivimos y obramos, en su Potencia que nos sostiene, a nosotros y a cuanto ha creado.

El hombre, sujeto al pecado y a la muerte, camina también hacia la nada. Liberado a sus solas fuerzas -siendo capaz de grandes logros, de inventos portentosos, de magníficas civilizaciones, de proyectos demiúrgicos, de arte, de virtud, de nobleza de espíritu, de generosidad y heroísmo- tarde o temprano hace agua, cae, arrastrando en su caída cuanto de grande ha producido, echando por tierra la obra de sus manos.

Sin la Gracia, nadie puede perseverar en el bien ni actuar siempre rectamente, en orden a su perfección. Sin el auxilio de la Gracia, sin esa participación viva y formal del la Vida Divina, el hombre sujeto al pecado camina inexorablemente hacia la nada, término final del pecado (S. Agustín).

Pero, “Dios no creó la muerte ni se complace en ella”, dice bellamente la Escritura (Sab. 1,13). No hizo al hombre para la aniquilación, porque no lo hizo para el pecado. Lo hizo para Su gloria, para la Visión Beatífica. Oímos en el relato primigenio: “ Dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen y a nuestra semejanza ... (Gn 1, 27), para que, al llegar al término de sus días mortales, viendo a Dios tal cual es, venga a ser semejante a Él (cf. I Jn 3, 2).

Es a Cristo Jesús a quien, en última instancia, se refieren estas palabras. Él, Jesucristo, el Salvador, es el Hombre, Él es la causa final, el por qué, la razón última de toda la obra de la Trinidad. “Ecce homo”, he aquí al hombre , dice Pilato presentando a Jesús, desfigurado y cubierto de oprobio, en aquella mañana antes de la Parasceve. Ecce Homo, Imagen de Dios invisible ( Hbr 1, 1b); he aquí a Aquel por quien y para quien fueron hechas todas las cosas (Col 1, 16b); he aquí a Aquel que es Principio (Verbo Creador) y Fin (Verbo Encarnado, Salvador y Consumador) de toda la Creación (cf. Ap 22, 13 b). He aquí a mi Hijo, a mi Unigénito, al que tanto amo, a Aquel en quien tengo puestas mis complacencias , llevando a plenitud Mi designio creador-salvador. He aquí al Hombre Celeste , en quien habita la plenitud de la Divinidad corporalmente (Col 2, 9), que asciende por encima de este mundo que pasa, y se instala en las realidades que no pasan, reflejando en Su rostro humano el Resplandor increado de la Trinidad, como Primicia de la humanidad resucitada, Mediador -Pontífice- entre Dios y los hombres, el Testigo Fiel del Amor benevolente de Dios por los hombres (justamente, el mensaje de la Solemnidad del Sagrado Corazón que celebramos este mes, es ese Amor de Dios a los hombres manifestado en Jesucristo).

Desde allí, el seno de la Trinidad Santísima derrama el Amor increado sobre aquellos que le han sido dados por el Padre, para que aspiren a las cosas de arriba, donde Él está sentado. Pentecostés , el Espíritu que nos transforma, precisamente la gracia de la cual más arriba hablábamos. El mismo Espíritu que convierte el pan y el vino en su Cuerpo y su Sangre , para alimentar nuestra propia innovación.

Allí conducirá a Su Madre, terminada su vida en este mundo, para que el designio creador alcance su plenitud: “ Y creó Dios al hombre a Su imagen y a Su semejanza, macho y hembra lo creó” (Gn 1,27).

Allí nos prepara un lugar, porque no es aquí -en el mundo de las realidades pasajeras, peregrinas de la nada y el vacío- donde tenemos nuestra morada definitiva. Esto es sólo pasar ( Pascua ); nuestra Patria definitiva es el Seno de la Trinidad.

“ Voy a prepararos un lugar. Y cuando me haya ido y os haya preparado un lugar, de nuevo volveré y os llevaré Conmigo, para que donde Yo esté, estéis también vosotros.” (Jn 14,23). “Sí. Vengo pronto . ¡Ven, Señor Jesús!”

 

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