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Pbro. Gustavo E. PODESTÁ
S. TH. D., Prof. Ordinario de la Facultad de Teología de la UCA. Buenos Aires.

Octavo día de la novena al Sagrado Corazón de Jesús

San JosÉ de Flores 1971

Decíamos, pues, en el transcurso de esta novena, que amar, para un cristiano, no es querer a los demás de cualquier manera, sino amar con el mismo amor con que Dios ama, con el Corazón mismo de Jesús. Corazón crucificado, corazón abnegado, olvidado de sí mismo y solo pendiente del bien de los demás.

Pero insistamos: tener caridad no es amar de una manera ‘parecida', ‘semejante', ‘similar', ‘afín', al amor con que Dios ama. Dios nos ha dado realmente, por medio del bautismo y su gracia santificante, la posibilidad de amar con ‘el mismísimo' amor con el cual Él ama. En la medida en que nos hacemos dóciles a la gracia, es el mismo Espíritu Santo –amor que procede del Padre y del Corazón del Hijo- el que ama en nosotros.

Es este espíritu de Dios –el único tres veces santo- el que, al ocupar en nuestro corazón el lugar de nuestros mezquinos amores y egoístas quereres nos hace ‘santos', nos asemeja a Dios, nos transforma en Cristo.

Pero ya, aquí, las palabras apenas sirven para describir este hecho portentoso y se transforman en fórmulas que no entendemos o fraseología hecha y aburrida, a menos que, en la intimidad de nuestros silencios con el Corazón de Cristo, hayamos tocado alguna vez palpablemente su significado.

¡Misterio estupendo del amor de Dios, que nos permite amar con su propio Corazón y nos abre las puertas de su íntima y exclusiva vida!

Pero bajemos al llano de nuestra cotidiana existencia para ver cómo este misterio trinitario ha de vivir, en la oscuridad de la fe, sus jornadas terrenas.

Ser santos –afirmábamos- es querer todas las cosas, pequeñas y grandes- de nuestros días, no porque yo las quiera sino porque Dios quiere que yo las quiera. Ser santos –asegurábamos- es desear el bien de los demás olvidándonos del nuestro. Por eso, ser santos es, en última instancia morir en la cruz al amor propio para vivir solamente en el amor a Dios y a los demás.

Y amar a los demás –amar a mi amigo, a mi padre, a mi hijo, a mi marido, a mi vecino- es querer, buscar y procurar que sea feliz. Con la misma felicidad que Dios quiere para ellos.

Maravilloso programa: amar es buscar la felicidad del otro. Ser cristiano es hacer felices a los demás. A veces basta intentarlo con poca cosa.

Desde Dios y su ser cristiano, ama el que sonríe al solitario, el que consuela al enfermo el que enseña al ignorante, el que alienta al desesperado, educa a sus hijos, apoya a su marido, aplaude las acciones buenas. También el que da el asiento en el colectivo, se hace chiquito en el banco de la iglesia para que se siente el que está parado; habla en voz baja o apaga la radio para no molestar al vecino, toma sobre si el trabajo más pesado para que el otro no fatigue, es amable en la palabra, alegre en el gesto, cordial con el desconocido.

Ama el que domina su ira, se traga solo su tristeza, no anda pregonando sus dolencias, no tiene ácida la lengua ni rápida la crítica, ni el ceño adusto.

Ama el que, con su sola presencia, trae la paz y la alegría, el que serena y amiga, el que sostiene y ampara.

Ama el que perdona y no le importa la injuria recibida, el que da y no espera las gracias, el que ama aunque él no sea amado.

Sencillo y sublime programa de santidad: hacer felices a los demás. Amar con el mismo amor, desinteresado y puro, con que Dios nos ama. ¡Qué fantástico sería el mundo si todos fuéramos capaces de amar así!

Buscar la felicidad del otro…

Pero no basta. Porque hay felicidad y felicidades.

Está la felicidad de la francachela y del ruido, buscada en las luces de artificio del sábado a la noche.

La del materialista que la persigue en la riqueza y los sentidos.

La de la tontita que la busca en la moda, en el espejo, en la mirada de los hombres.

La del comunista que la encierra en la cortina de hierro o de bambú de esta breve vida.

La del holgazán, la del drogado, la del iluso …

¡Cuántos castillos en el aire! ¡Cuántos bienes vacíos! ¡Cuántos deseos de felicidad frustrados!

Solo el cristiano tiene la llave de la verdadera felicidad, solo él puede desear la misma felicidad que el Corazón de Dios desea.

Porque sabe que Dios quiere para nosotros, sobre todo, la Felicidad eterna. Y la forma más sublime de la verdadera caridad cristiana es desear y buscar esa misma y sempiterna alegría para los demás.

Y por ello decía Pío XII que el apostolado es la máxima expresión del amor.

Y hago apostolado cuando educo a mis hijos en el amor y la fe; cuando convenzo al mundo con mi ejemplo; cuando soy intransigente con el pecado y, al mismo tiempo, amo al pecador; cuando pacientemente encamino a mi marido , a mi vecino, a mi amigo, hacia Dios; cuanto no tengo vergüenza de mostrar mi fe y defiendo a mi iglesia; cuando en la soledad de mis últimos años o en mi enfermedad sufro con paciencia y completo en mi cuerpo lo que falta sufrir a la Pasión de Cristo,

Y rezo por los que no rezan. Y pido por los que no piden. Y amo por los que no aman.

Y entonces, recién entonces, nuestro hablar será el hablar de Cristo, nuestros trabajos los de sus pies y manos horadados, nuestros dolores y soledades las del Calvario, nuestro amor el de su Santo Corazón.

Sagrado Corazón de Jesús, vacía nuestros pechos de ‘yo' y de ‘ego' y de los espejismos de la falsas felicidades y engañosos bienes. Haz nuestro corazón semejante al tuyo.