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Sermones deL TIEMPO DURANTE EL AÑO

Pbro. Gustavo E. PODESTÁ


Adviento

 

1986. Ciclo C

18º Domingo durante el año

Lectura del libro del Eclesiastés 1, 2; 2. 21-23
¡Vanidad, pura vanidad!, dice Cohélet. ¡Vanidad, pura vanidad! ¡Nada más que vanidad! Porque un hombre que ha trabajado con sabiduría, con ciencia y eficacia, tiene que dejar su parte a otro que no hizo ningún esfuerzo. También esto es vanidad y una grave desgracia. ¿Qué le reporta al hombre todo su esfuerzo y todo lo que busca afanosamente bajo el sol? Porque todos sus días son penosos, y su ocupación, un sufrimiento; ni siquiera de noche descansa su corazón. También esto es vanidad.
Lectura del santo Evangelio según san Lucas 12, 13-21
En aquel tiempo: Uno de la multitud le dijo: «Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia.» Jesús le respondió: «Amigo, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre vosotros?» Después les dijo: «Cuidaos de toda avaricia, porque aun en medio de la abundancia, la vida de un hombre no está asegurada por sus riquezas.» Les dijo entonces una parábola: «Había un hombre rico, cuyas tierras habían producido mucho, y se preguntaba a sí mismo: "¿Qué voy a hacer? No tengo dónde guardar mi cosecha" Después pensó: "Voy a hacer esto: demoleré mis graneros, construiré otros más grandes y amontonaré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y date buena vida." Pero Dios le dijo: "Insensato, esta misma noche vas a morir. ¿Y para quién será lo que has amontonado?"  Esto es lo que sucede al que acumula riquezas para sí, y no es rico a los ojos de Dios»

Sermón

           Una de las herencias más pesadas que supuso la traducción del pensamiento bíblico y aún cristiano al ámbito grecorromano fue la del dualismo, con el cual, casi toda la filosofía griega -en esto heredera de antiquísimas concepciones orientales- interpretaba al hombre.

Según ellos el ser humano era fruto de una extraña simbiosis entre una partícula luminosa, divina, espiritual, caída del mundo divino -llamada alma- y la grosera materia, tierra o cuerpo que la lastraba, con sus bajos apetitos, oscurecía el recuerdo de su origen divino, era origen de todos los males e ignorancias y debía ser abandonada cuanto antes. El alma alejarse de ella, para poder retornar a la luz de la libertad del puro espíritu.

El pensamiento hebreo no tiene la más mínima idea de esta división: el hombre es sencillamente ‘hombre' ‘ha adam'. No tiene nada de dios. Cuanto mucho, está hecho ‘a su imagen y semejanza'. Es mera criatura y, para designarlo como tal, para calificarlo en esta su distancia y pequeñez frente al Creador, lo designa señalando lo inmediatamente experimentable y aún vulnerable de su existencia, el báshar –en hebreo-, que nosotros traducimos como ‘carne'. Y así dice el pensamiento hebreo: ¨el hombre es ‘carne', no Dios¨. No dice ‘tiene carne' o ‘tiene alma y carne' o ‘alma y cuerpo, sino, sencillamente, el hombre ‘es carne', como si dijera ‘el hombre es criatura', ‘el hombre es pasajero'. Cuando el término bashar , se traduce al griego, se utilizan indiferentemente, para hacerlo, dos vocablos: soma , cuerpo o sarx , carne. ¡Pero en griego, inmediatamente los términos soma o sarx –debido a su concepción dualista- se contraponen a los conceptos psyché -alma- o pneuma –espíritu- e introducen en la Escritura un dualismo aparente que le es ajeno!

Lo mismo, cuando el hebreo quiere designar a ‘adam' , al hombre, como fuente de actividades libres, de pensamientos, de decisiones, de deseos, a saber el yo profundo del individuo humano, la persona como tal, como sujeto vivo, entonces el hebreo usa la palabra ‘nefesh' que en su raíz etimológica quiere decir ‘garganta', el lugar por el cual pasa el aliento, la respiración, la voz, las aspiraciones.

Como el pronombre ‘yo' en hebreo apenas se usa y tiene un significado muy diluido, cuando alguien quiere, en hebreo, hablar de su yo profundo, lo designa por medio de este término: ‘mi garganta', ‘mi persona', ‘mi nefesh'. ¨Nefesh mío, bendice al Señor¨, canta uno de nuestros salmos. Lo cual quiere decir ‘conviértame yo en alabanza del Señor' y no exactamente como se suele traducir: ‘alma mía bendice al Señor'.

Pero es que, cuando se traduce la escritura al griego, la única palabra que se encuentra para verter nefesh , garganta, aliento, es el término ¨psyjé¨ que , en latín, se traslada como ‘anima' y, en español, ‘alma' –del indoeuropeo ‘atma'-. Si nosotros, inadvertidamente, leemos la Biblia sin darnos cuenta de que, cuando se dice alma o cuerpo no se está hablando de dos cosas distintas, dualísticamente, si no que se está refiriendo a dos aspectos del mismísimo e indivisible ser humano: uno ¨ carne ¨ en cuanto contrapuesta su fragilidad y finitud a la permanencia de lo divino y otro alma ¨ en cuanto sujeto capaz de decisiones y deseos, corre el riesgo de desvirtuar su cristianismo y caer en el dualismo y aún el dualismo maniqueo.

A esta confusión contribuye también otro término hebreo en su traducción griega. Cuando los judíos querían referirse a la vida divina, no encontraron una imagen más plástica que la de una gigantesca respiración, del viento -el ruah , en hebreo; como ustedes ven una onomatopeya ‘ ruaaahjjjj ', el sonido del vendaval- la vida de Dios es pues ‘el viento de Dios', el ‘ ruah Yahvé '.

Y precisamente el ser humano vive solo en la medida en que Yahvé le ‘sopla' y, mientras le sopla. El hombre, ‘adam', es ‘carne', ‘ser viviente' (Gn 2, 7). Pero cuando Dios deja de soplarle, retorna al polvo (Ps 104, 29-30).

A medida que la Revelación va desarrollándose en la historia de Israel, los judíos, de desilusión en desilusión sobre las posibilidades de la historia puramente humana, se van dando cuenta de que su yo profundo, su nefesh , no está hecho para saciarse en las cortas posibilidades de lo meramente humano, de la ‘carne'. Dios les hace entrever la posibilidad de acceder a su misma Vida, a su ‘viento', a su ‘ruah' permanente. Esto lo anuncian los últimos profetas.

Es la plenitud de la revelación en Cristo la que descubre al hombre la posibilidad de abrirse a este ‘ruah' divino, de participar de él, de vivir su yo, su nefesh dirigido no a su caducidad humana, su bashar, sino abierto -en la fe y la esperanza- a la vitalidad divina, al ‘ruah Yahvé' , al ‘viento de Dios'.

Lamentablemente el término ‘ruah' , en griego es traducido como ‘pneuma' y, al castellano, como ‘espíritu' , a través del latín –‘spiritus' -. Y, en el contexto griego, ¡el pensamiento hebreo vuelve a confundirse!, porque, para los griegos, ‘espíritu' es, justamente, lo que, en el hombre, es contrapuesto a la materia. El hombre está compuesto de ‘espíritu' o ‘alma' y ‘materia' o ‘cuerpo'. Uno en lucha contra el otro. Y así solemos entender, por ejemplo, cuando leemos en San Pablo ‘la carne lucha contra el espíritu' (Rm 8), algo así como ‘mi alma, mi voluntad lucha contra mis bajos apetitos carnales'. Esto lo podía decir Platón o los estoicos o los hindúes o un yoga. Pero no es lo que dice San Pablo. Pablo está pensando en hebreo y lo que está afirmando es que el hombre, en vez de abrirse a lo divino al ruah , se cierra en lo puramente humano, en la ‘carne'. Es lo humano que se niega a aceptar el espíritu de Dios, que se cierra en sí mismo, que se conforma con lo que es.

El alma del hombre, su nefesh , su yo profundo, en lugar de largarse en su decisión existencial hacia la Vida divina, hacia Su ruah , en extroversión, empresa, lucha y regalo de sí mismo, se abroquela en su pura ‘yoidad' humana, su carne, su existencia biológica, sus proyectos puramente humanistas, su mundo circundante y pasajero.

Pero, aún en el disfrute -ya lo decía el Antiguo Testamento-, en lo humano, en la ‘carne', el hombre no satisface su nefesh y termina por hallar ineluctablemente el confín y la muerte.

Y el engaño es más trágico cuando sobran los bienes humanos, amicales, culturales, familiares, de salud, de diversión y de consumo. Porque la prosperidad o la diversión o los negocios, no dan tiempo para pensar, para reflexionar, para buscar las profundidades de nuestro nefesh , de nuestra alma, -creada para aspiraciones sin horizontes de espacio ni de tiempo- y es constantemente engañada por la falsa seguridad de la satisfacción burguesa.

Por eso, siempre, en el Evangelio, la riqueza es más peligrosa que la pobreza, pero entendida no sólo como dinero sino como falsa seguridad en la necia satisfacción de sí mismo. Es más peligrosa que la pobreza, pero no como realidad socioeconómica sino psicológica; porque el pobre y subdesarrollado de dinero, cuyos únicos móviles, envidias y codicias son acceder a los bienes del rico, es, para todo esto, peor, casi, que el rico quien, al fin y al cabo, puede vivir la experiencia profunda de que, por más plata que se tenga, no siempre en ella se encuentra satisfacción, aunque con ella pueda, sin duda, también alcanzarse. El personaje que, resentido con su hermano, le pide al Señor que intervenga para que le dé parte de la herencia, recibe una respuesta tajante que bien les vendría meditar a más de un justiciero social sacerdote u obispo.

En el Evangelio de hoy no se trata de la dialéctica entre pobres y ricos que pueda hacer un marxista; ni se trata, sin más, del desprecio de los bienes materiales contrapuestos a los bienes espirituales, como la haría un dualista griego u oriental.

Se trata simplemente de advertir al hombre, en la línea de pensamiento del Antiguo Testamento plenificado en Cristo, que su ‘alma', su ‘yo', su ‘ nefesh' , no debe engañarse:¨Diré a mi alma te sobran bienes, descansa, come, bebe, celebra fiestas.¨ Porque, por más que alcance la plenitud de todas sus posibilidades humanas, nada de eso puede sostenerlo para siempre en la vida, la herencia de la carne, del bahsar , de lo humano, es la muerte. Y resulta que el hombre, por vocación inscripta en su naturaleza, está abierto a la fabulosa posibilidad de acceder al ‘ ruah Yahvé' , al espíritu divino. La peor tragedia que puede suceder a un hombre es distraerse de esta su admirable vocación, apostar por la carne y encontrarse un día, definitivamente, de bruces en el polvo.

Ese yo, ese nefesh que se te ha dado en préstamo para que, en amor y libremente despliegue sus velas al viento de Dios, puede serte reclamado en cualquier momento –“¡Insensato esta noche reclaman tu alma, tu nefesh!” y ¿qué habrás elegido?, ¿la nada de la carne con su tenue hálito, o la Vida del divino huracán?

Y vean que -en esta parábola, al menos- no se trata de rechazar la riqueza y, menos, como aquí entendida, globalmente; se trata o de fijar en ella todas las ambiciones de mi ‘garganta', de mi nefesh o usarla al servicio de Dios y de los demás, junto con todo el resto de mis talentos -que ellos también son ‘riqueza' aunque no siempre puedan traducirse en pesos-.

Qué, pues, trate de hacerme rico a los ojos de Dios. Al fin y al cabo, aún aquí en la tierra, el Señor nos ha prometido que buscando antes que nada el Reino de Dios, lo demás nos será dado por añadidura.

Y así pueda exclamar al caducar de mi carne, sin ninguna sorpresa cuando Dios me diga “esta misma noche vas a morir”, “Alma mía, bendice al Señor”. Y, entonces, el vendaval divino recogerás de mi garganta ese suspiro y no me dejará volver definitivamente al polvo, sino que me transformará en Cristo, a Su imagen y semejanza, para siempre.

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