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Sermones deL TIEMPO DURANTE EL AÑO

Pbro. Gustavo E. PODESTÁ


Adviento

1998. Ciclo C

22º Domingo durante el año
santa rosa de lima

Lectura del santo Evangelio según san Lucas 14, 1. 7-14
Un sábado, Jesús entró a comer en casa de uno de los principales fariseos. Ellos lo observaban atentamente. Y al notar cómo los invitados buscaban los primeros puestos, les dijo esta parábola: «Si te invitan a un banquete de bodas, no te coloques en el primer lugar, porque puede suceder que haya sido invitada otra persona más importante que tú, y cuando llegue el que los invitó a los dos, tenga que decirte: "Déjale el sitio", y así, lleno de vergüenza, tengas que ponerte en el último lugar. Al contrario, cuando te inviten, ve a colocarte en el último sitio, de manera que cuando llegue el que te invitó, te diga: "Amigo, acércate más", y así quedarás bien delante de todos los invitados. Porque todo el que ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado» Después dijo al que lo había invitado: «Cuando des un almuerzo o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos, no sea que ellos te inviten a su vez, y así tengas tu recompensa. Al contrario, cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los paralíticos, a los ciegos. ¡Feliz de ti, porque ellos no tienen cómo retribuirte, y así tendrás tu recompensa en la resurrección de los justos!»

Sermón

            Para entender lo que significa Santa Rosa de Lima para nuestra América y más precisamente para nuestra región andina, será bueno ubicarla en el contexto histórico en el que nació. Para ello convendría remontarse a apenas unos cincuenta años antes de su natalicio, exa ctamente al año 1527 en la isla de Gallo, sobre el Pacífico, cuando Don Francisco Pizarro, después de terribles penalidades que parecen estar por hacer fracasar su expedición exploradora, traza con su espada una raya sobre la arena y dice a sus extenuados compañeros:

            "Camaradas y amigos, de aquel lado está la muerte, las privaciones, el hambre, la desnudez, las tempestades; de este lado está la comodidad y la molicie... El que sea valiente castellano, que escoja lo preferible." Y pasa la raya.

Tras un instante de vacilación también cruzó, detrás de él, Ruiz, el piloto andaluz; lo mismo, casi enseguida, Pedro de Gandía, el griego y, al instante, Cristóbal de Peralta, Domingo de Soria Luce, Nicolás Ribera, Francisco de Cuellar, Alonso de Molina, Pedro Alcón, García de Jerez, Antón de Carrión, Alonso Briceño, Martín de Paz y Juan de la Torre, nombres que merecen ser recordados por cuantos amen la hidalguía, la lealtad y el valor.

El resto, los que desalentados por las estrecheces, adversidades y padecimientos regresaron a Panamá, se perdieron en el polvo anónimo de la historia con minúscula.

Así Don Francisco Pizarro, en la isla de Gallo, consiguió, finalmente, su pequeño ejército de 14 hombres desarrapados, en alpargatas, armados solo con espadas y cotas de algodón, con la cual mesnada habría de emprender la hazaña de llevar a la civilización y a Cristo una de las culturas más inhumanas y retrógradas que haya conocido la historia del mundo: la incaica.

            Ya hacía meses, cuando decidió navegar desde Panamá hacia al ignoto sur, al desembarcar, arrojados a la costa por la tempestad y en medio de padecimientos extremos, el primer lugar que habían encontrado habitado en las costas del Pacífico, los había recibido con una aldea en la cual el alimento consistía en piernas y brazos humanos que se estaban asando al fuego.

Esto no era sino el anticipo de lo que habrían de ver después. El llamado imperio Inca era un conglomerado de tres o cuatro millones de almas de diversas etnias, recientemente sometidas férreamente por una tribu belicosa y sanguinaria, la de los incas que, hacia el siglo decimotercero, se había instalado en el valle de Cuzco, adoptado el lenguaje de los quichuas -que eran los antiguos dueños del lugar-. A partir del año 1400, habían comenzado a salir de ese valle y dominado, masacrado, esclavizado y comido a los pueblos circundantes, extendiendo poco a poco su zona de influencia desde el Ecuador hasta el norte de Chile.

Lo cual no era una novedad en esa bestial América precolombina, en donde, tanto los sanguinarios aztecas al norte como los salvajes mapuches al sur, no eran sino el eslabón final de una larga lista de pueblos que, a partir de los 20.000 años antes de Cristo, cuando llegaron a América, hasta que arribaron los españoles, se conquistaban y devoraban los unos a los otros.

Pueblos atrasados, sumergidos en un mar de horrendas y macabras supersticiones, que no conocían la rueda, que se habían comido a los elefantes y caballos que poblaban América antes de su llegada; que solo supieron domesticar en el norte a perros mudos y en el sur a las llamas.

Aquí, al sur, los incas habían logrado una cierta maestrìa arquitectónica, copiándola de las sucesivas culturas Chavín, Wari y Chimú que, en ese orden, se habían invadido y masacrado mutuamente, antes de, a su vez, ser dominados por los incas.

Dominio, por cierto, que solo pudo mantenerse, inestablemente, gracias a un ejército feroz y a una multitud de funcionarios que controlaban hasta el modo de respirar y de reproducirse de sus súbditos.

            Los soldados incas volvían de sus depredadoras guerras blandiendo la cabeza de los vencidos en la punta de las picas. Parte de los prisioneros eran despellejados y transformadas sus pieles en tambores que, infladas, conservaban la forma humana, por lo que el cadáver parecía golpear su propio vientre con varitas que les colocaban en las manos; los aptos para el trabajo y las mujeres jóvenes eran esclavizados.

Sus mejores adornos o trofeos eran las cabezas reducidas, los collares hechos con dientes de hombre, los cueros desollados de las víctimas convertidos en vestidos y los cráneos transformados en copas donde beber la chicha. Poco antes de la llegada de los españoles, en 1480, había habido un levantamiento pan-aymará desesperado en el sur, encabezado por los collas y los lupancas. Alzamiento que fracasó en medio de un baño de sangre. Poco después, el inca Huayna Capac, acompañado de su hijo bastardo Atahualpa, en 1523, había debido dominar, también sangrientamente, levantamientos en el norte.

            Pero así subsistía el llamado imperio incaico: entre los veinticinco y los cincuenta años todos sus hombres -de sangre inca se entiende, no de casta dominada- vivían en armas. Nadie sino ellos podían fabricarlas o tenerlas. Los cuatro quintos de la producción total de alimentos y bienes iban a parar a la minoría inca. Y solamente ellos podían consumir coca; con lo cual se da el caso de que se trataba de una organización política manejada por cocainómanos. Los miembors de las familias incas vivían en un lujo asiático y el resto de la población, altamente controlada, que sin libertad alguna solo cambiaba de lugar obligada por los funcionarios, fajinaba literalmente para ellos. El trabajo forzado en las minas, la mita y el yanaconazgo -que tanto se ha condenado, luego, en los conquistadores- era un procedimiento incaico. Algunos españoles, después, lo único que hicieron, y a pesar de las Leyes de Indias y de la Iglesia que combatieron la costumbre, fue seguir haciendo aquello a lo cual los indígenas después de años de esclavitud incaica ya estaban acostumbrados.

            La vida cotidiana era gris, triste y monótona hasta el hastío, como en todas las sociedades totalitarias. Aún el ocio estaba dirigido, se reglamentaban las celebraciones, las canciones, las danzas, los juegos. Todos debían llevar la misma indumentaria y el mismo corte de pelo. Se regulaban los matrimonios y el número de hijos. El único escape era la chicha: la mayoría de la población vivía constantemente alcoholizada. Como dice Sebrelli, a este sistema hay que atribuir los rasgos del indio andino, su inercia, su indiferencia, su somnolencia, su tristeza, su embotamiento. La pena infinita que causa aún hoy escuchar los carnavalitos ‑aún sazonados a lo occidental‑, esas cadencias que salían del gran dolor del alma del nativo sometido por sus patrones incas.

Cuando se acercaron los españoles, el conglomerado incaico se debatía en la guerra civil: el bastardo Atahualpa al Norte se había sublevado contra el heredero legítimo Huáscar al Sur. Poco después, Huascar hecho prisionero, su medio hermano Atahualpa le hará asesinar y, en su cráneo vaciado y recamado en plata, beberá chicha, burlándose de él, frente a Pizarro.

            Allí, pues, llega Don Francisco, el antiguo cuidador de chanchos de Trujillo, ‑que así era de igualitaria España‑, con sus catorce hombres, que, luego, con refuerzos de la península, ya nombrado Adelantado por la Corona, en Enero de 1531, ascendió a la suma de 180 soldados y 27 caballos. Al principio solo había tenido espadas y algunas ballestas. Ahora tenía dos falconetes, catorce mosquetes, algunas corazas de hierro y algunos pares de botas. Es mentira lo de los ejércitos totalmente pertrechados de armaduras y armas de fuego con los cuales supuestamente se habría masacrado a los indios. El éxito de los conquistadores se debió sobre todo al apoyo masivo de la población sometida que veía en ellos a sus liberadores y los apoyaba

Con esos pocos hombres, una tremenda superioridad moral, un gran deseo de ganar a esos pueblos para Cristo y también una gran ambición de gloria, con un grupo de misioneros dominicos bajo Fray Reginaldo de Pedraza y con la ayuda de Dios, Don Francisco Pizarro desbarató en poco tiempo la tiranía incaica y liberó a esa multitud de tribus analfabetas y esclavizadas. Por primera vez en su memoria ancestral esas pobres razas veían soldados que trataban bien a los vencidos, que no penetraban en sus viviendas, que no violaban a sus mujeres y que eran severamente castigados si llegaban a maltratarlos.

            Esos indígenas ignorantes, sometidos, que lo único que comían era maíz y algo de papa, y vivían embotados por la chicha, pronto conocieron el caballo -que sus antepasados habían exterminado-, las vacas, las ovejas, las aves de corral, el arado, la rueda, el trigo, la cebada, las hortalizas, la ciencia y la medicina europeas... Pudieron abandonar sus ídolos, supersticiones y religiones terroríficas y cambiarlas por el cristianismo, por el único y verdadero Dios Padre. Piénsese solamente en el cambio que significó el trueque de la mítica y siniestra Pachamama, maligna diosa Tierra que devoraba a sus hijos, por la figura realísima y tierna de María con su sonrisa de amor sobre esas pobres gentes. Supieron entonces, con sorpresa, que eran seres humanos, que tenían derechos, que existía una palabra que se llamaba dignidad y otra libertad. Pronto tuvieron seminarios y universidades, escuelas y hospitales.

Una de las bellísimas ciudades que fundó Pizarro fue Lima, que se transformó, en poco tiempo, en una de las más importantes y ricas de América.

Dios quiso marcar prontamente con un signo de beneplácito esta civilización que, desde el neolítico, gracias a un puñado de valientes, saltaba de pronto a las alturas de la cultura cristiana y occidental.

            En 1565 ya Perú tenía cien dominicos. En 1541 en Lima se establecía el primer obispo, Jerónimo de Loaysa. Su sucesor, Toribio de Mogrovejo, incansable apóstol y protector de los indios, que de laico y presidente del Tribunal de la Inquisición en Granada había sido directamente promovido por Felipe II al episcopado, después de una vida increíble de austeridad y viajes sin fin cruzando desiertos y montañas para llegar a los indios, fue canonizado en 1726 por Benedicto XIII.

Pero el primer fruto criollo de este salto colosal de América de las tinieblas a la luz fue la hija de Gaspar Flores y María de Oliva, nacida en Lima en 1586, la pequeña Isabel, que, luego, al ser confirmada por su arzobispo San Toribio de Mogrovejo, recibió de éste el nombre de Rosa

Todos conocemos su historia y como también ella a su manera trazó una raya sobre la arena de su vida, dejó atrás todos sus intereses y valiéntemente se entregó plenamente al servicio de Cristo. Sabemos de su famosa frase de enamorada: "Señor auméntame los sufrimientos, pero para poder llevarlos auméntame en la misma medida mi amor por tí". Ella fue la primera de una pléyade de santos de todas las razas, indios, negros, españoles y criollos que supo producir, después de la implantación de la cruz de Cristo y el reinado de María, esta nuestra tierra americana.

Esta pequeña mujer, llevada al cielo a los 31 años, el 24 de Agosto de 1617, "más fácil de admirar que de imitar" dadas sus terribles austeridades y su sed de humildad, es la primera santa que la Iglesia ha producido en América. Fue canonizada por Clemente X en 1671 y más tarde declarada patrona de América Latina.

            Aunque este año el Niño haya trastocado no poco la regularidad del clima, extrañas coincidencias meteorológicas suelen asociar a Santa Rosa a una tormenta. ¿Será por la tormenta del amor a Dios que soplaba en su corazón? ¿Será por la tormenta de sufrimientos que agitó su vida, pero sobre la cual siempre brilló arriba el sol esplendente de su fe?

Que Santa Rosa de Lima nos valga en esta hora difícil del mundo, de América y de la Argentina, donde nuevas esclavitudes y salvajismos, nuevos ídolos y supersticiones vuelven a ocupar el lugar de las costumbres cristianas y que sepamos, más allá de los nubarrones que oscurecen y dificultan nuestros caminos, caldear nuestros corazones en la fe en Cristo que implantaron en estas tierras nuestros antepasados, y también nosotros, cruzando la raya de nuestras indecisiones, la convirtamos en amor valiente, liberador y generoso para los demás.

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