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Sermones deL TIEMPO DURANTE EL AÑO

Pbro. Gustavo E. PODESTÁ


Adviento

1975. Ciclo A

23º Domingo durante el año
7-10-1975

Lectura del santo Evangelio según san Mateo 18, 15-20
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, busca una o dos personas más, para que el asunto se decida por la declaración de dos o tres testigos. Si se niega a hacerles caso, dilo a la comunidad. Y si tampoco quiere escuchar a la comunidad, considéralo como pagano o publicano. Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desatéis en la tierra, quedará desatado en el cielo. También os aseguro que si dos de vosotros os unís en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo os lo concederá. Porque donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, yo estoy en medio de ellos»

Sermón

Uno de los elogios que suenan bien ‑hecho respecto de los gobiernos o de los políticos o de los sacerdotes o de los padres de familia‑ es “este político –o este padre o este sacerdote‑ es un hombre amplio, tolerante, comprensivo.” Y está bien: amplitud, tolerancia, comprensión son adjetivaciones que bien pueden ser positivas. Sin embargo ‑como todas las grandes palabras de nuestro acervo ideológico contemporáneo‑ tienen un valor relativo. Y relativo, justamente, al objeto sobre el cual versan dicha tolerancia, amplitud o comprensión.

Porque, por ejemplo ¿qué quiere decir ser un padre comprensivo? Si significa tener conciencia de la flaqueza humana y saber no airarse en demasía frente a los pequeños errores y fallas de sus hijos, callando a veces, reconviniendo prudentemente otras, pero todo encaminado a la formación virtuosa de sus hijos, está bien. Estamos de acuerdo, ha de ser comprensivo. Pero si comprensión significa desproveerlos de criterios morales, atribuir todos los desórdenes a lo propio de la juvenil edad, sonreír frente a las mayores burradas, concederles omnímoda libertad en el ser y actuar, entonces ser comprensivo es faltar a los más sagrados deberes de la función paterna. “Tengo un viejo de lo más comprensivo” no es precisamente un elogio en labios de una jovencita cuando se despide de su compañero de turno a las cinco de la mañana en el umbral de la puerta de su casa, ni del haragán de siete suelas que ni estudia ni trabaja, ni del que tiene a su padre como un compañero más solo que un poco más viejo.

De la misma manera, si gobierno tolerante se dice del que, en el respeto de la ley, sabe, a través de sus hombres, ser lo suficientemente flexibles como para prudentemente adaptarse a la variedad contingente de los sucesos y, para no ahogar los posibles brotes buenos, tolerar algo de cizaña en los sembrados y saber que, a veces, hay que admitir ciertos males para fomentar mayores bienes y, reconociendo la débil condición humana, renunciar cautamente al puritano perfeccionismo racionalista, estamos de acuerdo: es bueno que un gobierno sea tolerante. Pero, si tolerancia significa torpe admisión de todo libertinaje, lenidad en juicios y sentencias, permisividad creciente en cuanto a las públicas costumbres, espectáculos, prensa, educación y programas de toda índole, entonces tolerancia significa simplemente desgobierno, traición a la función política, entrega de las mayorías ignaras y de los débiles al poder del más fuerte y a la delincuencia ideológica, política, económica y hasta criminal.

Y, lo mismo ¿qué significa ser un sacerdote amplio? Si tal significa no ajustarse en juicios y consejos a las minucias farisaicas de una moral excesivamente reglamentada, si tal quiere decir tener una equilibrada perspectiva respecto a lo que es importante y a lo menos importante, respecto a lo mandado de lo simplemente aconsejado, respecto a lo que habría que hacer y lo que efectivamente puede hacerse, respecto a las condiciones concretas donde se desarrolla la vida cristiana de los fieles; si tal significa no escandalizarse demasiado de las miserias de los otros, porque uno conoce bien su propia miseria;. si significa recibir al pecador arrepentido con la sonrisa cálida y el corazón abierto del padre del hijo pródigo, está bien: hemos de ser amplios y comprensivos. Pero, si ser amplios significa sonreír bobamente al pecado y palmotear bonachonamente escápulas de errados y mentirosos, herejes y enemigos, decir que si beatamente a los novios de viscosos amores y a los matrimonios burgueses incontinentes, abrazarme incautamente con marxistas y pentecostales, divorciados y maricones, sinvergüenzas y anticristos, eso no es ser amplio, eso es ser pavote.

Y lo más penoso es que, todas estas concepciones pretenden justificarse en nombre del amor, de la caridad. No voy a detenerme en el análisis de esta palabra, pero he de decir que invocar el término amor para justificar todas estas torpezas y tonterías no es invocarlo en el sentido que le dan Cristo y San Pablo en la segunda de las lecturas que hemos escuchado hoy.
Yo no sé qué concepto de caridad y amor corre actualmente entre los cristianos desprovisto de toda virilidad; castrado y enmollecido. Y uno se pregunta para qué demonches dos mil años de Iglesia nos habrán dejado el ejemplo de vida y santidad de hombres como, antes que nada, Cristo y Juan el Bautista, tiernos con los miserables y pecadores arrepentidos, pero iracundos y flamígeros contra los pecadores instalados y los fariseos y los sinvergüenzas; para qué habrá la Iglesia ensalzado a los altares a San Atanasio y San Agustín a San Jerónimo, Santo Domingo y San Ignacio, fustigadores vehementes y airados de herejes y pecadores; para qué las justicieras espadas de San Luis y San Fernando, Santa Juana de Arco y San Esteban de Hungría, caballeros y cruzados; para qué los fusiles católicos de la guerra española, la reconquista de Chile, la lucha cristiana contra la delincuencia y la guerrilla y la triste experiencia del cristianismo exterminado en las fosas comunes del Vietnam, los paredones de Cuba y los espeluznantes archipiélagos Gulag. Para qué todo esto si la solución está –estúpidos de nuestros predecesores que no lo supieron‑ en sonreír a todo el mundo, darse la paz fraternalmente entre besos y abrazos, tocar la guitarra todos juntos, humedecerse tiernamente los ojos y provocar palpitaciones lánguidas del corazón.

¡Mamarrachos! Amar no es solo sentimiento, es buscar activa e inteligentemente el bien del otro. Y, si para encaminar al bien a mi hijo he de pegarle una buena tunda o ponerlo en penitencia falso será el concepto del amor que me lleva a no hacerlo, a consentirlo, a malcriarlo. Y si el bien de mi prójimo exige que le diga claro dos o tres verdades –aunque me sea más fácil no decirle nada y sonreírle‑ ¡bien claro se las cantaré! Y, si su bien exige que no lo reciba más en mi casa o que le pegue dos sopapos o que lo metan en la cárcel, todo eso haré o buscaré y todo en nombre de la verdadera caridad cristiana.

Uno de esos deberes de la auténtica caridad y amor nos recuerda hoy el evangelio. La búsqueda del bien del otro a través de la corrección de yerros y pecados. Nadie es juez de la interioridad de las personas, es verdad, pero todos somos capaces ‑y además debemos tener‑ de pronunciar un juicio exacto sobre la moralidad o no de las acciones exteriores, porque, como cristianos que conocemos los mandamientos, sabemos qué es lo que está bien y qué es lo que está mal. Ninguna amplitud, tolerancia o comprensión podrá pedirme aceptar, con mi actitud o mi palabra o mi silencio, cosas o actitudes que están mal o son inmorales, erróneas o perversas.

Aunque me disguste con el amigo seré mejor amigo si le indico lo que corresponde que, si por una falsa concepción de la amistad, callo y tolero.
Y si no me escucha –como dice el evangelio‑ y si es necesario y su bien lo exige, sin dejarme engañar por un equivocado sentido de la solidaridad que no es sino complicidad, iré al superior –padre, maestro, obispo o juez‑. Y si no se corrige y mientras no lo haga –en nombre del verdadero amor‑ me apartaré de él, aunque mis sentimientos sangren y aunque me tachen  de intolerante, cerrado y antiguo, y lo consideraré como pagano y publicano.

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