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Sermones deL TIEMPO DURANTE EL AÑO

Pbro. Gustavo E. PODESTÁ


Adviento

1998. Ciclo C

24º Domingo durante el año

Lectura del santo Evangelio según san Lucas 15, 1-32
En aquel tiempo: Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo. Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos» Jesús les dijo entonces esta parábola: «Si alguien tiene cien ovejas y pierde una, ¿no deja acaso las noventa y nueve en el campo y va a buscar la que se había perdido, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, la carga sobre sus hombros, lleno de alegría, y al llegar a su casa llama a sus amigos y vecinos, y les dice: "Alégrense conmigo, porque encontré la oveja que se me había perdido" Les aseguro que, de la misma manera, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.» Y les dijo también: «Si una mujer tiene diez dracmas y pierde una, ¿no enciende acaso la lámpara, barre la casa y busca con cuidado hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, llama a sus amigas y vecinas, y les dice: "Alégrense conmigo, porque encontré la dracma que se me había perdido." Les aseguro que, de la misma manera, se alegran los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierte» Jesús dijo también: «Un hombre tenía dos hijos. El menor de ellos dijo a su padre: "Padre, dame la parte de herencia que me corresponde" Y el padre les repartió sus bienes. Pocos días después, el hijo menor recogió todo lo que tenía y se fue a un país lejano, donde malgastó sus bienes en una vida licenciosa. Ya había gastado todo, cuando sobrevino mucha miseria en aquel país, y comenzó a sufrir privaciones. Entonces se puso al servicio de uno de los habitantes de esa región, que lo envió a su campo para cuidar cerdos. El hubiera deseado calmar su hambre con las bellotas que comían los cerdos, pero nadie se las daba. Entonces recapacitó y dijo: "¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, y yo estoy aquí muriéndome de hambre! Ahora mismo iré a la casa de mi padre y le diré: Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros" Entonces partió y volvió a la casa de su padre. Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió profundamente; corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó. El joven le dijo: "Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; no merezco ser llamado hijo tuyo." Pero el padre dijo a sus servidores: "Traed en seguida la mejor ropa y vestidlo, ponedle un anillo en el dedo y sandalias en los pies. Traed el ternero engordado y matadlo. Comamos y festejemos, porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue encontrado" Y comenzó la fiesta. El hijo mayor estaba en el campo. Al volver, ya cerca de la casa, oyó la música y los coros que acompañaban la danza. Y llamando a uno de los sirvientes, le preguntó que significaba eso. El le respondió: "Tu hermano ha regresado, y tu padre hizo matar el ternero engordado, porque lo ha recobrado sano y salvo" El se enojó y no quiso entrar. Su padre salió para rogarle que entrara, pero él le respondió: "Hace tantos años que te sirvo, sin haber desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes, y nunca me diste un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos. ¡Y ahora que ese hijo tuyo ha vuelto, después de haber gastado tus bienes con mujeres, haces matar para él el ternero engordado!." Pero el padre le dijo: "Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo. Es justo que haya fiesta y alegría, porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado"»

Sermón

           Hablar de pecado inmediatamente trae a nuestra mente asociaciones de castigos, de reproche, de penitencia... Si bien es cierto que la Iglesia ya casi no predica las tremebundas imágenes de los eternos castigos del infierno en las que se regodeaban algunos predicadores para inducir a sus oyentes a la conversión, a la rectificación de sus conductas, es difícil disociar la idea del pecado de la del castigo, de lo de "me va mal por mis faltas", "mejor ir a dar el examen confesado, no sea que Dios, estando en pecado, deje de ayudarme", o "¿porque Dios me castiga si no he hecho nada malo?"

Que en parte estos sentimientos provengan de ciertas vertientes de la enseñanza religiosa buscadoras de una dudosa eficacia o de lecturas acríticas del Antiguo Testamento sin duda que es verdad. La misma sociología nos prueba que el miedo a la multa suele ser más eficaz en la promoción del bien que la enseñanza positiva de la norma. En los ejercicios espirituales de San Ignacio la descripción de las penas del infierno en el 'quinto ejercicio' de la primera semana ha producido más conversiones que todo el resto de sus meditaciones.

Les leo indicaciones que aquí da Ignacio a los predicadores -apenas apuntes que luego debían ser desarrollados- : "El primer puncto será ver con la vista de la imaginación grandes fuegos, y las ánimas como en cuerpos ígneos. El 2º oir con las orejas llantos, alaridos, voces, blasfemias contra Christo nuestro Señor y contra todos sus santos. El 3º oler con el olfato humo, piedra, azufre, sentina y cosas pútridas. El 4º gustar con el gusto cosas amargas, así como lágrimas, tristeza y el verme de la consciencia. El 5º tocar con el tacto, es a saber, cómo los fuegos tocan y abrasan las ánimas."

Las ampliaciones en las que aquí se detenían y holgaban los oradores sagrados provocaban vehementes deseos de confesión en todos aquellos que sospechaban cargaban en su conciencia con algún pecado, tan siquiera un mal pensamiento.

Es verdad que hoy se cae en el extremo contrario y nadie predica sobre el riesgo pavoroso de perder la eternidad -no por castigo divino, sino por propia decisiòn o falta de ella- pero es cierto todavía que el tema de pecado más huele a una cuestión de prohibición, sanción y reprimenda, que a lo que realmente es.

Quizá porque el concepto de pecado, más allá de las tradiciones religiosas inexactas que lo impregnan, viene cargado con una fuerte dosis de contenido psicológico.

            Es sabido que Sigmund Freud ha sido el gran analista del sentimiento de culpa, de pecado, que él descubría como el origen de casi todas las neurosis. Aunque sus geniales intuiciones fueron corregidas luego por muchos de sus seguidores, entre otros Melanie Klein, muerta en 1960, sus afirmaciones continúan poseyendo un alto ingrediente de verdad.

            Cierto que machaca algo unilateralmente en el alto contenido sexual de todo lo referente a la culpa, pero los mismos hechos demuestran que aún los cristianos suelen en sus confesiones y angustias dar más lugar a este campo, que a otros, tanto o más importantes que aquel.

Ya en sus primeras obras Freud insistía en los componentes masturbatorios y de sentimientos incestuosos que entrampan a la psique en vergüenzas, ocultamientos y autocastigos redentores. Infantes que buscan provocar el escarmiento paterno con conductas inexplicablemente caprichosas y que no son más que un pedido inconsciente de punición-compensación por sus faltas ocultas o deseos. Sentimientos culposos que luego se complican en el niño con deseos espontáneos de venganza o de placer frente al sufrimiento ajeno, es decir, de sadismo, que con horror se descubren en la conciencia y que también exigen ser expiados. Expiación que consiste en que este sadismo espontáneo, reprimido, se vuelva hacia el yo, transformado en masoquismo. Estos son los componentes del sentimiento de culpa en las primeras obras freudianas.

En realidad, para Freud la misma conciencia moral es esencialmente sádica, porque es la que, anidando en el superyo, impone límites y penas al pobre yo. Y así, entre el sadismo del superyo y el masoquismo del yo es como se tejen siniestramente los sentimientos de culpa que llevan, inevitablemente, a la neurosis. La religión, en esta etapa de Frued, ejercería una especie de función catártica, capaz de manejar en parte las neurosis de los individuos, pero en el fondo a costa de un engaño, causante de neurosis de otro tipo. Por eso, poco a poco, Freud se irá transformando en un crítico implacable de la religión.

Ya sabemos cómo en su obra Más allá del principio del placer, del año 20, cuando Freud descubre detrás de todos los impulsos y libido al 'instinto de muerte' y tiende a explicar todo desde el complejo de Edipo, postula fuertemente la invasión del superego por la figura del Padre.

Como desde esta figura es que se elabora, según Freud, el concepto de Dios, ya tenemos perfectamente esbozada la idea de un Dios sádico -como sádico es el superego, la conciencia-, castrador, limitador de los legítimos deseos de la libidio; en el fondo adversario del hombre, ya que lo condena a perpetua sumisión e infantilismo a cambio de la protección que, en el caso de rebelarse a él -lo dice Freud refiriéndose al niño en relación con su padre-, podría perder.

En su obra de 1930, El malestar de la cultura, Freud lleva sus conclusiones al extremo, postulando que en realidad es el desarrollo de la cultura -y su culminación, la religión- el que hace cada vez más desdichado al hombre, intensificando el sentimiento de culpa, ya que los nexos cada vez más socializados entre los hombres llevan a una represión cada vez mayor de sus instintos, especialmente los sexuales y los agresivos. La represión paterna, ahora, se potencia en la represión social; el miedo a perder el amor de los padres, en miedo al ostracismo. La conciencia moral se hace cada vez más exigente, más sádica, se interioriza más punzantemente en el superego, y, al intensificarse por la cultura, hace vivir más dolorosamente aún la presión de los impulsos reprimidos, lo cual retroalimenta una mayor represión todavía y mayor sentimiento de culpa. Según Freud, las experiencias desgraciadas de la vida contribuyen a este sentimiento, pues el hombre ve en ellas un signo de reprobación del destino que evoca en él la amenaza de desamor paterno. Sobre esto, se construye la religión, última excrecencia de la cultura, un verdadero chantaje al ser humano calcado de las relaciones primigenias del yo y del superego, del hijo y del padre.

De hecho estas razones coincidían con las del marxismo o las del positivismo o las del liberalismo, que veían en la religión una ideología justificadora de estructuras opresoras y que, como tal, debía ser eliminada, precisamente para poder sacar al hombre de su estadio infantil, mítico, y elevarlo a la adultez. La supuesta 'madurez del hombre contemporáneo', invento de Kant tan poco avalado por los hechos, y a la cual incluso algunos eclesiásticos aluden ingenuamente.

Como Vds. pueden darse cuenta la educación actual -o falta de educación y de cultura- y la liberación en nuestras sociedades a nivel mundial de los impulsos sexuales y agresivos, liberación que viene horadando el concepto y la praxis del amor, de la familia y de la sociedad, ha sido directamente inspirada por las doctrinas freudianas.

Pero también es verdad que no todo lo que dice Freud es desdeñable. Es muy probable que gran parte de los sentimientos de culpa que los católicos confiesan en la penitencia, y sus fijaciones a veces patológicas en el sexto mandamiento, tengan los abstrusos orígenes que él denuncia.

A nosotros no nos interesa, desde el punto de vista de la sociología o de la psicología -en donde tantos investigadores incluso fieles a ciertos principios freudianos están de vuelta-, determinar cuánto de represión es necesaria para poder vivir como corresponde en familia y en sociedad y qué grado de neurosis es compatible con una vida sana. Es obvio que liquidar la figura paterna -el paternalismo, como dicen despectivamente los sociólogos zurdos- y liberar los impulsos caóticos y desmesurados de la libido, es letal para una vida recta y, mucho menos, socialmente integrada. Tal cual lo demuestra nuestra realidad contemporánea con su falsa cultura -que es una anticultura- y lo experimentamos en un grado casi grotesco los porteños en la ideología de izquierda freudiana mal asimilada de los geniales inventores de nuestro 'Código de convivencia urbana'.

Hoy nos interesa mostrar cómo el concepto de pecado y de nuestras relaciones con Dios tal cual lo predica el evangelio nada tiene que ver con estos sentimientos de culpa que a veces tan certeramente describe el psicoanálisis.

Si algo de razón podía tener Freud frente al antiguo testamento, donde todo estaba concebido como una alianza entre Dios y el hombre en la cual, de no cumplir su parte del pacto -los mandamientos-, el hombre era amenazado con una horrible lista de desgracias, ello ha quedado totalmente superado en el nuevo, la nueva alianza, donde lo único que queda es la iniciativa misericordiosa de Dios buscando al hombre, a pesar de sus extravíos, para llevarlo a la felicidad.

"Pecado" -que es la exclusiva palabra que Jesús usa para referirse a la situación de alejamiento del hombre de Dios- quiere decir precisamente eso: extravío, andar perdido, no dar en el blanco, no hallar el sendero, pasar de largo, descarriarse, estar lejos -muy lejos...- .

Las parábolas de Lucas que hemos escuchado hoy -más la del hijo pródigo- ilustran el núcleo mismo de este sentido del pecado, a la vez que lo mira no desde el punto de vista del hombre, del hijo, a la manera freudiana, sino desde el punto de vista de Dios, del Padre.

El protagonista del drama del pecado no es el hombre, es el corazón lleno de amor -y en zozobra por sus hijos- del Dios que todo lo ha hecho para bien de ellos y que, en la obra colosal de la creación y de la redención, únicamente ha buscado y busca la felicidad de su criatura.

Aquí no quedan rastros del concepto de falta o pecado del antiguo testamento, que lo consideraba una 'rebeldía' a Dios, una 'insurrección', una 'impiedad'. No se trata de una ofensa inferida a la majestad divina que el hombre debería tratar de compensar con su humillación y su castigo. Se trata de que alguien que ha sido creado con todo amor para realizarse en la amistad divina, en la familiaridad con Dios, busca extraviadamente realizarse por su cuenta, o por caminos equivocados, yendo a buscar pasto donde no lo hay.

El pastor detrás de la oveja perdida, el ama de casa desesperada por su dracma, el padre esperando todos los días el regreso del hijo y precipitándose a abrazarlo y volverlo a su lugar de honor tan pronto reaparece, nos describen la actitud de Dios y, por supuesto de Jesucristo, frente al pecador, que es mirado no con ira, sino con la angustia de quien lo ve encaminarse a la nada, al perderse, al no encontrarse finalmente con nada ni con nadie... Ningún rasgo queda aquí del Padre castrador, humillante, superéguico...

El evangelio conoce ciertamente las maldades de los hombres, sus injusticias, sus iras, sus egoísmos, su falta de amor a los demás, desarreglos que inciden en la desdicha de sus prójimos y en la marcha incorrecta de la sociedad, pero, en cuanto se trata de pecado, lo mide en su entidad no por el desorden que produce sino por el alejamiento que introduce entre el hombre y Dios y que puede desembocar -desdicha suprema- en el extravío definitivo.

La inmoralidad de mis actos, más allá del daño que puedan hacerme a mi o a los demás, alcanza nivel realmente pecaminoso cuando se traducen en lejanía de Dios. Ciertamente que hay faltas que inevitablemente alejan de Dios porque se unen a la soberbia o a la injusticia hecha a los demás, pero hay otras -esos pecados de debilidad y de falta de control que tanto nos molestan- que no tendrían que hacernos pensar que estamos lejos de Él ni inducirnos a un apartamiento de su amor.

De todos modos aún el más pertinaz de los soberbios y de los injustos será esperado por Dios con inmensa compasión. Más aún: buscado por el Señor, la esencia de cuya misión ha sido venir a llamar no a los que se creen justos sino a los pecadores.

No debemos confundir nuestros sentimientos de culpa psicológicos con la lejanía de Dios, ni el arrepentimiento con la molestia que nos causa la vergüenza de nuestros desarreglos. No debemos confundir el confesionario con el diván del psicoanalista. El arrepentimiento no es un sentimiento, ni el sonrojo frente a Dios, ni el querernos sacar de encima el peso masoquista de la culpa, "me confieso para sentirme bien" o "me confieso para que Dios no me castigue", "me confieso porque me siento manchado". El arrepentimiento es, tantas veces cuantas nos descubrimos alejados de Dios, arrojarnos seriamente a los brazos del Padre que nos espera, dejarnos llevar como la oveja perdida en los hombros de Jesús, recobrar la dignidad filial perdida u olvidada y tratar de vivir con coherencia la alegría del estar con Dios.

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