INICIO

Sermones deL TIEMPO DURANTE EL AÑO

Pbro. Gustavo E. PODESTÁ


Adviento

 

2004. Ciclo c

3º Domingo durante el año  
(GEP 25/01/04)   

Lectura del santo Evangelio según san Lucas 1, 1-4; 4, 14-21
Muchos han tratado de relatar ordenadamente los acontecimientos que se cumplieron entre nosotros, tal como nos fueron transmitidos por aquellos que han sido desde el comienzo testigos oculares y servidores de la Palabra. Por eso, después de informarme cuidadosamente de todo desde los orígenes, yo también he decidido escribir para ti, excelentísimo Teófilo, un relato ordenado, a fin de que conozcas bien la solidez de las enseñanzas que has recibido. Jesús volvió a Galilea con el poder del Espíritu y su fama se extendió en toda la región. Enseñaba en las sinagogas y todos lo alababan. Jesús fue a Nazaret, donde se había criado; el sábado entró como de costumbre en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura. Le presentaron el libro del profeta Isaías y, abriéndolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. El me envió a llevar la Buena Noticia los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor. Jesús cerró el Libro, lo devolvió al ayudante y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él. Entonces comenzó a decirles: «Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír»

SERMÓN

 

Una pequeña introducción al evangelio de Lucas se hace obligatoria, ya que, en el año litúrgico que acabamos de iniciar, será -salvo durante el tiempo de pascua- nuestro material de lectura de los domingos.

Por otro lado, hoy hemos escuchado, en la primera parte de nuestra perícopa, la introducción que el mismo autor coloca a su evangelio, enunciando las cuidadosas averiguaciones que ha llevado adelante para integrar y ordenar su relato. Que estas averiguaciones fueron exitosas, si no fuera por otras características, lo demuestra el hecho de haber redactado el más largo de los cuatro evangelios. Mientras Marcos ocupa 60 páginas, Juan 73 y Mateo 87, Lucas llega a las casi cien. Obviamente, muchísimo material que no traen los demás evangelistas lo conocemos solo por Lucas -por ejemplo, seis milagros y dieciocho parábolas que los otros no mencionan-.

Pero quizá la característica más importante de este evangelio es que tiene una continuación: los Hechos de los Apóstoles , la historia de la primitiva Iglesia, de la continuidad de la acción de Cristo y de su Espíritu después de la Pascua. Aunque la costumbre los coloca en nuestras Biblias como libros distintos, ambos forman una sola obra, y muchos de los temas planteados en el evangelio recién reciben respuestas en los Hechos.

Para introducirnos en la teología de Lucas, es bueno saber que los dos escritos, redactados hacia principios de la segunda mitad del siglo primero, intentan responder a varias preguntas acuciantes para la comunidad cristiana a la cual el evangelista escribe. Al menos, cuatro.

Antes que nada la cuestión de la salvación extendida a todas las razas y naciones . ¿Cómo era posible que los paganos pudieran sumarse al pueblo de Dios con los mismos privilegios que los judíos, llegando al punto de compartir con ellos la mesa y sin necesidad de la circuncisión? Después de dos mil años de cristianismo esto nos parece obvio, pero no lo era al comienzo -ni lo es actualmente para los judíos- cuando la índole étnica, racial, y no la predicación y la respuesta libre, eran la condición necesaria para pertenecer al Pueblo elegido.

La segunda cuestión a la que pretende responder Lucas deriva, precisamente, de la primera: justo la nación judía , el auditorio supuestamente más afín a la predicación evangélica, plenitud del Antiguo Testamento, rechaza la invitación de Dios hecha en su Hijo. Peor: los más acerbos adversarios del cristianismo son judíos. ¿Cómo era que el plan de Dios encontraba en ellos tanta hostilidad? ¿Cómo, finalmente, son las mismas autoridades judías quienes obligan a los cristianos a separarse de ellos, forzándolos a fundar una nueva comunidad? Intenta responder Lucas que es la nación judía la que se aparta, renegando, de hecho, de su condición de Pueblo de Dios. Por querer retener sus privilegios, es ella misma la que se separa de la Iglesia, auténtica continuadora de las promesas veterotestamentarias y verdadero Pueblo de Dios. De todas maneras subsisten dudas: ¿puede estar Dios respaldando una comunidad que despierta -vaya donde vaya- tan grande rechazo?

Tercera importante cuestión que enfrenta Lucas es ¿cómo puede entrar en el plan de Dios el liderazgo de l a persona y la enseñanza de un crucificado ? Ajusticiado en suplicio vil. Punto escandaloso, si los había, tanto para judíos como paganos. Ciertamente será la Gloria la respuesta, pero una Gloria que, en este mundo, estallará, más allá del hecho puntual de la Resurrección, en la presencia de Jesús y su Espíritu en la Iglesia y, por eso, encuentra su explicación en la segunda parte de la obra de Lucas, los Hechos de los Apóstoles.

La quinta cuestión era: ¿ qué significa responder a Jesús ? ¿Qué actitudes son las adecuadas a un discípulo del Señor?, ¿qué puede esperarse en este mundo por ser cristiano? y ¿cómo debemos vivir hasta que la plena esperanza del retorno de Cristo sea realizada? Preguntas tan lacerantemente nuestras. Todas las enseñanzas de Cristo recogidas por Lucas miran a dar respuesta a estos interrogantes y están encaminadas a preparar la vida apostólica de la Iglesia y su modo de comportarse en el período posterior a la Pascua: el de nuestra historia cristiana. El de nuestras propias vidas. Lucas, en su evangelio, aquí y ahora, nos habla a cada uno de nosotros.

Todas estas dudas, apremiantes en los momentos en los cuales escribe Lucas, problemática permanente de una Iglesia con su cabeza visiblemente ausente, sustentan el propósito que, en su prólogo, hoy el evangelista enuncia a su benefactor Teófilo . Probablemente un importante cristiano nuevo, de cierto nivel, y que necesita tener cada vez más clara su mente para enfrentarse con los problemas ideológicos y prácticos que le impone su recién adquirida condición cristiana. Lucas es, por ello, seguramente, el evangelio más cercano a nosotros, 'teófilos' del siglo XXI, ansiosos de razones y de respuestas.

Así, el evangelio de Lucas nos muestra la actividad del Dios 'poderoso y confiable' que actúa a través de Cristo, el Prometido que nos señala el camino de la gloria con su propia vivir. Por eso "he investigado y te escribo estas cosas: para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido ". También nosotros necesitamos profundizar en nuestra fe y encontrar en este mundo motivos sólidos para vivirla.

Después de la introducción, la perícopa de hoy salta hasta el capítulo 4 del evangelio, cuando Jesús inicia su predicación, después de su estadía en el desierto. Es una lástima que este discurso haya sido cortado -se continuará el domingo que viene- porque importa leerlo todo junto, ya que muestra, precisamente, las dos actitudes -una de aprobación, la otra de rechazo airado y altivo- que su mensaje produce en los que le oyen. Es un poco -este discurso- el compendio de todo lo que será la enseñanza de Jesús -y luego de la Iglesia- y la divisoria que producirá y produce siempre en aquellos que la escuchan. Es también la explicación de Lucas al porqué de que algunos acepten y otros no y que, de estos últimos, partan casi siempre persecuciones. El mensaje es siempre el mismo: será la libertad humana la que, de un lado, abra los oídos a la fe, del otro, se niegue a oír y rechace.

A pesar de que le llamamos el evangelio de Lucas, quién, cuándo y dónde vivió y actuó su autor no es del todo claro. Ni el evangelio ni su continuación en los Hechos le ponen nombre. Sin embargo, todos los indicios apuntan al de Lucas. El que escribe dice no ser un testigo directo de lo sucedido, ya que se ha ocupado de informarse de 'todo lo que transmitieron' -afirma- 'los testigos oculares y servidores de la palabra' -es decir los primeros apóstoles-. Pertenece, pues, seguramente a la segunda generación: la de los que se convirtieron después de la Pascua y todo lo supieron por el relato de los testigos -los que lo vieron con sus ojos, oyeron con sus oídos, tocaron con sus manos-.

Es un investigador sagaz, con propósitos apostólicos, ciertamente, pero su información es totalmente fidedigna ya que recoge información sobre un personaje que le ha sido casi contemporáneo y del cual los testigos viven. Y también aquellos que, de afirmar cosas no ciertas, podrían redargüirlo. No es un estudioso que hubiera de reconstruir una historia en una biblioteca. Ha hablado con testigos presenciales. Muy probablemente también, con María, la Madre del Señor. (Por eso muchas antiquísimas imágenes de la Virgen se atribuyen -piadosamente- a su pincel.) Más aún, se presenta implícitamente como compañero de Pablo, ya que, en varios pasajes de los Hechos, habla en primera persona del plural, "fuimos a tal parte", "volvimos a tal otra", "hicimos tal cosa", como si él mismo estuviera en esos pasajes acompañando al Apóstol.

Esto ha hecho que las primeras generaciones cristianas intentaran identificar a este compañero con uno de los nombres que Pablo indica como sus colaboradores: Aristarco, Marcos, Demas, Timoteo, Tito, Silas y, por supuesto, Lucas , al cual Pablo llama " mi médico ". Empero la tradición, firmemente establecida ya en el siglo segundo, es unánime en optar como el nombre más probable de este compañero de Pablo a Lucas. El famoso canon de Muratori -historiador italiano del siglo XVIII que lo encontró en un viejo manuscrito- una lista del año 170 que contiene la lista admitida por la Iglesia de libros bíblicos, ya atribuye el evangelio a Lucas, el médico.

Estas mismas fuentes afirman que Lucas era oriundo de Antioquía la gran capital helénica de Siria, del antiguo reino griego de los Seléucidas y que contaba entonces con una buena Facultad de Medicina.

Así, pues, del NT, se pude deducir con bastante probabilidad que Lucas era médico, vinculado con Pablo, no testigo directo y que escribe especialmente para enseñar y calmar las inquietudes de los cristianos no judíos. De la tradición, sin total seguridad, se puede defender que era sirio, quizá viudo o soltero, y que murió en edad avanzada.

Mucho más no se puede saber. Si habiendo nacido en Siria era de origen judío de habla griega o directamente griego, no queda claro. Su lenguaje es sumamente clásico y correcto -es el mejor griego del NT-. Pablo no lo cuenta entre los circuncisos. Por lo cual los estudiosos, más bien, se inclinan por la hipótesis de que era pagano convertido, un griego. Bien afín a nosotros.

El nombre Lucas, poco nos dice, ya que es una transcripción griega del latín Luciano o Lucio -que quiere decir ' luminoso ' o ' iluminador '-.

Existe, aislada, la curiosa opinión de que, como muchos judíos vertían sus nombres al griego y al latín, su nombre original, si fuera hebreo, sería Jairo , 'luminoso', traducción de Lucas o Lucio. En ese caso Lucas no sería otro que el famoso Jairo, el jefe de la sinagoga a quien Jesús revive a su hijita muerta. Lo cual sería sumamente conmovedor, pero poco probable.

Sea lo que fuere, esperemos que, durante los domingos de este "año de gracia del Señor", Lucas, Luciano, Lucio, Jairo, el Luminoso, el Iluminador, nos ayude a ver, con mayor solidez y brillo, -en este mundo neblinoso que debemos transitar los católicos argentinos-, tanto la figura de nuestro Señor Resucitado y la realidad maravillosa de la Iglesia -a pesar de todo lo humano que en ella sufrimos-, como nuestro propio camino, para, en alegría, esperar llegar también, cada uno, al " cumplimiento de la Escritura que acabamos de escuchar ".

MENÚ