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Sermones deL TIEMPO DURANTE EL AÑO

Pbro. Gustavo E. PODESTÁ


Adviento

 

1995. Ciclo c

4º Domingo durante el año  
(GEP, 1995) 

Lectura del santo Evangelio según san Lucas 4, 21-30
Entonces comenzó a decirles: «Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír». Todos daban testimonio a favor de él y estaban llenos de admiración por las palabras de gracia que salían de su boca. Y decían: «¿No es este el hijo de José?». Pero él les respondió: «Sin duda ustedes me citarán el refrán: "Médico, cúrate a ti mismo". Realiza también aquí, en tu patria, todo lo que hemos oído que sucedió en Cafarnaúm». Después agregó: «Les aseguro que ningún profeta es bien recibido en su tierra. Yo les aseguro que había muchas viudas en Israel en el tiempo de Elías, cuando durante tres años y seis meses no hubo lluvia del cielo y el hambre azotó a todo el país. Sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda de Sarepta, en el país de Sidón. También había muchos leprosos en Israel, en el tiempo del profeta Eliseo, pero ninguno de ellos fue curado, sino Naamán, el sirio». Al oír estas palabras, todos los que estaban en la sinagoga se enfurecieron y, levantándose, lo empujaron fuera de la ciudad, hasta un lugar escarpado de la colina sobre la que se levantaba la ciudad, con intención de despeñarlo. Pero Jesús, pasando en medio de ellos, continuó su camino.

SERMÓN

Abrimos la canilla y sale el agua. Apretamos un interruptor y se enciende la luz. Nos duele la cabeza y tomamos una aspirina. Giramos un control y se prende el televisor. Debemos viajar y subimos a una pesadísima máquina que nos transporta por el aire. Nos sentamos frente a la computadora y resolvemos en segundos complicados problemas, o ingresamos en juegos y simuladores complejísimos...

            Ya lo hacemos rutinariamente; nos hemos habituado a que estas cosas formen parte normal de nuestra vida. Pero piensen Vds. qué sentirían nuestros bisabuelos o tatarabuelos si de pronto despertaran y se encontraran en este nuestro mundo. Vivirían de sorpresa en sorpresa, estarían con la boca abierta de admiración a cada instante, llenos de asombro...

            Nosotros mismos, hay un corte de luz, se descompone un aparato y allí si nos damos cuenta, de pronto, de la importancia de esas cosas que teníamos casi sin darnos cuenta...

            Es que a todo el hombre se acostumbra, y lo que aparece todo los días termina por considerarse normal, necesario, que no necesita explicación...

            El sol tiene que salir todas las mañanas por el horizonte; el aire ha de tener oxígeno para respirar; los objetos deben caer hacia abajo, no hacia arriba...

            Pero es recién cuando uno empieza a asombrarse sobre estas regularidades y preguntarse el porqué de ellas ‑¿porqué sale el sol por el horizonte, porqué hay oxígeno en el aire, porqué los objetos caen?‑ cuando no solo empieza el verdadero saber sino que aumenta el aprecio que tenemos por todo lo que nos rodea. Siempre las manzanas cayeron de los árboles hacia el suelo. Pero es recién cuando Newton se asombra de ello y se pregunta el porqué de esa caída cuando descubre la ley de la gravedad. Es cuando el hombre se asombra y se pregunta sobre el porqué de las cosas y del mundo y de que lo que sucede suceda de una determinada manera, cómo se inicia la sabiduría, el conocimiento científico y, al mismo tiempo, el placer y el gozo de que las cosas sean así, y de sus armonías y bellezas de otra manera imperceptibles...

            El hombre grosero, burdo, tosco, rudimentario, en cambio, pasa sobre las cosas sin echarles apenas una mirada, usándolas, nunca preguntándose nada, como el animal, nunca admirándose, y por ello mismo nunca conociendo nada profundamente, y nunca agradeciendo lo que tiene y usa, y que, en su mayoría, otros u Otro hicieron, investigaron, descubrieron, fabricaron... Empezando por su propio existir...

            Porque también eso: nos levantamos a la mañana, nos cepillamos los dientes, salimos a nuestro trabajo, a nuestro estudio o empezamos nuestras tareas... y todo como si fuera perfectamente lógico y normal que nuestro corazón latiera, que nos hubiéramos despertado, que estemos viviendo...

            Allí también debería suscitarse alguna vez la admiración: ¿porqué la sangre circula en mis arterias y venas, porqué respiro..? no solo para dar a ello respuestas fisiológicas o médicas, sino antes aún, ¿para qué todo eso? ¿porqué simplemente existo, cuál es el significado y sentido de mi existencia..? Estoy tan acostumbrado a despertarme y encontrarme vivo, existiendo, que jamás me interrogo el porqué y para qué de ello, ¡siendo tan evidente que de ninguna manera es necesario que exista! más bien parece increíble, extraordinario, que un montón de moléculas se haya agrupado para formar mi cuerpo, mi persona, mi individualidad... Y allí otra vez, como vegetales, como animales, arrastramos la existencia sin asombro, sin interrogantes sobre ella, hasta que un día, también como animales, pegamos el último tropezón hacia la nada.

            ¡Qué terrible acostumbrarnos a la maravilla de la vida, y de lo que tenemos, y de nuestra mujer, y de nuestros hijos, y tener que darnos cuenta de lo que todo eso vale solo cuando nos faltan o empezamos a temer que nos falten!

            El tedio de vivir, el cansancio de la familia, la rutina de los afectos que se apagan, el gris que invade todos los rincones de nuestro prosaico existir... No por culpa de las cosas o las personas que nos rodean, sino por falta de asombro en nuestra mirada, de profundidad en nuestros quereres, de altura de horizonte en nuestra existencia... Y eso no lo puede dar nada de afuera. El que necesita de lo extraordinario, del cambio, de lo que sacude, para despertar sus sentimientos o su atención, demuestra la chatura de su cerebro y la frigidez de su corazón. La alegría, el asombro, el contento, la limpieza, la curiosidad, nacen de adentro no de afuera, si uno es verdaderamente humano...

            Pero a todo nos acostumbramos, todo lo desgastamos con nuestra mirada envilecedora, en el zapping constante que hacemos de las realidades y personas que nos rodean. El Papa vino dos veces a la Argentina y se reunieron multitudes... Si viniera todos los años o todos los meses, o todos los días, no reuniría ni diez personas... "No existe el gran hombre para su valet" decía Napoleón.

            Allí tenemos en el sagrario de nuestras iglesias alguien que es infinitamente más importante que el Papa, Clinton y Menen juntos, y, porque está al alcance de nuestra mano y de nuestra boca, apenas se nos ocurre entrar alguna vez a saludarlo, pasamos por delante y ni una genuflexión bien hecha, o por la vereda y ni una señal de la cruz, una inclinación de cabeza, o, a la antigua, un sacarnos el sombrero...

            Si solo pudiéramos comulgar una vez al año, ¡qué de preparación, qué de acción de gracias! Como podemos hacerlo todos los días, vamos a la fila casi distraídos: Amén, al banco, a casa...

            Palabras del evangelio que escuchadas por primera vez convirtieron pueblos, fabricaron santos, conmovieron corazones, de tanto escucharlas hoy resbalan por nuestros oídos y nuestro corazón y, seguimos como siempre...

            Porque no solo estamos acostumbrados a ser más o menos hombres, nos hemos acostumbrado a ser cristianos, ya no nos maravilla el hecho de que por el bautismo Dios nos haya hecho sus hijos, hermanos de Cristo, signados por nuestra dignidad sobrenatural de hombres destinados a la gloria, a la inmortalidad... Allí estamos y si alguien nos diferencia del montón, en lo que a mi respecta al menos, es solo porque llevo sotana, o me visto de negro, apenas por mi vida... Somos conciudadanos de Nazaret.

            También ellos estaban acostumbrados a Jesús, el hijo de José, el que jugó con ellos a la pelota en los potreros del pueblo, y asistía como todos a clase en la sinagoga, y serruchaba tablas y ajustaba manceras y tallaba rústicos bancos...

            ¿No es este el hijo de José?, ¿qué humos son esos? ¿qué nos viene con esas cuestiones raras..? Déjenos tranquilo en nuestra rutina, en nuestra vida programada, en nuestra conciencia dormida, en nuestra cómoda chatura...

            Señor: no, no sea así, sácame de Nazareth, sácame de la costumbre, o dame para verte los ojos extasiados de María o de José; quémame con tu mirada, lávame como a Naamán el sirio, dame de comer como a la viuda de Sarepta, sacúdeme y cámbiame, inunda mi corazón con el gozo de ser cristiano, la alegría de servirte, el orgullo de compartir tus luchas y tu cruz, el asombro cotidiano de que me llames tu hermano, la belleza de poder querer bien a los que quiero, de perdonar y tolerar y tener lástima a los que me hacen daño o merecen mi desprecio, la dicha inmensa de saber que vivo porque me sostiene tu amor, y porque me has dado una misión y una meta y una lucha, y que me estás esperando para abrirme las puertas de tu casa, de tus palacios, cuando fatigado, pero con las botas puestas, transponga los umbrales de tu Reino...

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