CREACIÓN, METAFÍSICA CRISTIANA Y NUEVA ERA
Pbro. Gustavo E. PODESTÁ

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3. El pensamiento católico

3.2. El concepto de "creación"

3.2.1. Cuando se habla de "creación" desde la reflexión católica, no se está de ninguna manera haciendo alusión alguna a ningún tipo de causalidad física, medible, ponderable, puntualmente localizable, detectable mediante aparatos de laboratorio. Estamos utilizando un término que, de hecho, no se encuentra en el campo directo de nuestra experiencia, como tampoco lo está Dios.

El cerebro humano está pautado biológicamente solo para percibir objetos y acontecimientos ubicados en el tiempo y el espacio tridimensional. Cualquier otra dimensión, aunque "pensable", es "inimaginable" para el hombre.

Aún cuando los mismos científicos puedan referirse a universos en otras dimensiones o a espacios pluridimensionales -y esto lo hagan científicamente- de ninguna manera lo pueden imaginar: solo lo pueden representar simbólicamente por medio de signos matemáticos, o proyectados al espacio tridimensional (14). Pero un espacio cuatridimensional o un tiempo distinto del nuestro, ello es totalmente inimaginable, solo lo podemos simbolizar, aludir, nombrar; de ningún modo reproducir.

Dios, por definición, no pertenece a nuestro espacio tridimensional ni a nuestra temporalidad: su "lugar" es infinidimensional y su "tiempo" infinimenso: lo llamamos -sin poder imaginarlo- la eternidad .

La categoría "creación" pertenece también a esa dimensión inalcanzable directamente por nuestro cerebro -apto solo para imaginar las acciones tridimensionales y temporales-, porque es un actuar que, en realidad, se identifica con el mismo ser "infinidimensional" e "infinimenso" de Dios.

Podemos imaginar las acciones humanas de fabricar, de plasmar, de modelar, de armar, o, fantasiosamente, pensar en un hada que con una varita mágica haga aparecer una carroza para Cenicienta, pero de ninguna manera podemos imaginar el acto divino de "crear".

¿Cómo hablar, pues, de esas realidades divinas si no podemos imaginarlas? Por medio de proyecciones, usando símbolos, comparaciones, fábulas, poesía: acciones y sentimientos humanos atribuidos análoga, parabólicamente, a Dios.

"Dios se pasea por el jardín de Edén", "Dios cabalga sobre las nubes", "Dios se enoja - echa humo por las narices - contra su pueblo", "Dios se ríe de sus enemigos", "Dios bajó a ver lo que pasaba". ¿Quién no se da cuenta de que se trata de modos de hablar, de ficciones, de comparaciones y, sin embargo, no por ello falsas, sino vehículos de realidades: esas relaciones de Dios con el hombre que de otro modo serían inexpresables, indefinibles, por más que las tratáramos de decirlas en lenguaje más depurado, más "científico", más filosófico?

3.2.2. Algo de eso sucede con el término "crear". Lo entendemos mal si tratamos de imaginarlo o nos quedamos en la literalidad de las imágenes con las cuales se nos intenta transmitir la noción.

Daría la impresión de que, en la mente aún de muchos adultos, han quedado fijados esos dibujos de algunos catecismos para niños de un viejo de barba asomado a una nube y, como por arte de magia, haciendo surgir de golpe, sucesivamente o en distintos lugares, estrellas, tierra, peces, flores, animales, montañas. A la manera del mago que saca de su galera pañuelos, conejos y naipes. Durante mucho tiempo solo, un día a Dios se le ocurriría crear y, entonces, comienza a hacer aparecer ¡pluf! de la nada, las cosas. Después de completar todo el escenario, en un prado lleno de pasto verde, otra vez ¡pluf! un pase mágico y aparece una espléndida parejita: un varón y una mujer.

Por supuesto que esto es un soberano disparate. Por suerte esto no es ni lo que dice la Sagrada Escritura, ni lo que enseña el Magisterio de la Iglesia.

3.2.3. En realidad parte de la confusión nace del hecho que nuestro término castellano "crear" tiene un uso, digamos, promiscuo. Es decir, se usa indistintamente para designar acciones que de por si son diferentes, algo así como cuando utilizo la palabra "mona" para hablar de una orangután o para calificar a una chica bonita. Decimos "una nueva creación de Pierre Cardin" o "el presidente creó un nuevo ministerio" o "la novena sinfonía, gran creación de Beethoven”... acciones humanas, "tridimensionales", que no pueden parangonarse al actuar divino. Cuando usamos ese verbo "crear" o ese substantivo "creación" para referirnos al obrar de Dios, si no sabemos que lo estamos usando de un modo especial, reservado a Él, análogo, inimaginable, podemos ciertamente confundirnos.

El lenguaje hebreo, en el cual está escrito la mayor parte del Viejo Testamento, usaba un término, en cambio, reservado exclusivamente a Dios y para la acción divina. Nunca designaba una acción humana: " bará ".

Dice el primer versículo, del primer capítulo del Génesis:

"... Dios bará el cielo y la tierra".

Todas nuestras versiones castellanas traducen:

"... Dios creó el cielo y la tierra ",

pero, justamente, en esta traducción se pierde esa exclusividad y trascendencia de la acción divina inimaginable que, en cambio, expresa bien el original judío "bará" y que establece una diferencia radical, una distinción profunda entre lo divino y lo humano, entre Dios y su creatura.

Precisamente, más que a describir una acción de tipo mágico, el relato de la creación del primer capítulo del Génesis -que en vez de relato, para no seguir confundiendo a la gente, habría que denominar "poema de la creación" (15)- lo que pretende es hablar de esa distancia, distinción, trascendencia, que posee Dios respecto del universo, y la dependencia de este a su respecto.

3.2.4. El poema de la Creación, así como nosotros solemos dividir nuestras poesías en estrofas, se divide, artificialmente y para canonizar la sacralidad del sábado, en días de semana. En cada uno de estas estrofas-días, el autor se detiene en marcar de modo especial las relaciones que guardan con Dios las realidades conocidas. Esas realidades a las cuales la antigüedad y el paganismo ¡y la Nueva Era! prestaban espíritu, personalidad e iniciativa, convirtiéndolas en divinidades.

Pero todo está precedido por la afirmación más importante y metafísica de todo el antiguo Testamento: el Cosmos, la Naturaleza, el gran Todo, lo de arriba y lo de abajo, el ‘papá cielo' y la ‘mamá-tierra', el alma del mundo y la materia, no son Dios, dependen de Dios.

Así lo recoge solemnemente el Magisterio de la Iglesia:

"La santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana cree y confiesa que hay un solo Dios verdadero y vivo, creador y señor del cielo y de la tierra, omnipotente, eterno, inmenso, incomprensible, infinito en su entendimiento y voluntad y en toda perfección; el cual, siendo una sola sustancia espiritual, singular, absolutamente simple e inmutable, debe ser predicado como distinto del mundo, real y esencialmente, felicísimo en sí y de sí, e inefablemente excelso por encima de todo que fuera de El mismo existe o puede ser concebido" (Concilio Vaticano I , año 1870, Dz 1782)

3.2.5.

"En el principio Dios creó los cielos y la tierra".

El término "en el principio" más que a un remoto inicio temporal habla de un fundamento último, de la hondura, el fondo mismo de la realidad, algo que define, como común denominador y siempre, permanentemente, el existir de todas los seres de la naturaleza: su no ser independientes, su no existencia autónoma, su dependencia constante en relación con Aquel que sí vive por sí mismo, independientemente, bastándose, absoluto.

"En el principio" no señala algo que pasó, sino que define algo permanente y fundante de todas las cosas en todos los tiempos.

Nuestras traducciones usan para verter ese versículo el tiempo pasado. Pero el pasado solo tiene sentido en el tiempo dividido en 'lo que fue, es y será', pero no en el "infinitiempo divino", en su eternidad, en donde todos los momentos están interconectados y todo es tangente y contemporáneo a Él. Por otra parte, los verbos hebreos no expresan, en su forma, el tiempo pasado o presente, como en nuestra conjugación castellana. Sería mucho más aproximado decir "Dios crea al universo" que, "Dios creó".

Así pues no hay que entender este primer capítulo de Génesis como el momento inicial de la historia de la salvación que luego se desarrollará a través de los patriarcas, los jueces, los reyes, los sacerdotes, hasta Cristo. Es la confusión implícita en la datación de los años -como aún hacen los judíos- "a partir de la creación del mundo".

Génesis 1 es una reflexión metafísica sobre el estatuto permanente de los seres existentes: Dios, la naturaleza y el hombre. Así como los relatos de los capítulos dos a cuatro de ese mismo libro son una reflexión antropológica sobre el hombre no en sus lejanos inicios, sino desde su aparición hasta el fin de los tiempos.

El poema de Génesis 1 no es el principio de un acontecer histórico, es un maravilloso prólogo metafísico a la historia de la salvación. Es la presentación de los protagonistas de esta historia: Dios y el hombre en su universo, con sus relaciones permanentes.

(14)Cómo, cuando en un papel -que es bidimensional-, proyectamos el plano de un edificio tridimensional .

(15) O, mejor “poema metafísico de la creación”.

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