Escritos parroquiales
Pbro. Gustavo E. PODESTÁ

Número: 19
NOVIEMBRE, 1996

Ven SeÑor JesÚs

Las filosofías platónica y aristotélica, que tanto tiempo dominaron el pensamiento de Occidente, y de los cuales aún en gran parte dependemos en nuestro modo de mirar el universo, junto con intuiciones geniales y adquisiciones racionales definitivas para el pensamiento humano, también nos legaron formas de pensar algo estereotipadas. Entre ellas la de la inmutabilidad de la esencia de las cosas. En ese esquema, tanto el árbol de Porfirio como las clasificaciones taxonómicas de Linneo eran un mapa perpetuo de la realidad, y difícilmente allí podía asimilarse -cuando se propuso- la teoría científica de la evolución. Fue en nombre de una lectura aristotélico-platónica de la Escritura que muchos fundamentalismos cristianos se negaron a admitir esta teoría.

Contrariamente, la sagrada Escritura, desde el poema mítico de la creación de Génesis 1, hasta la historia de la salvación, toda tendiente, en visión profética, hacia un futuro de plenitud a partir de inicios imperfectos y estados necesitados de salvación, avalaba, desde su punto de vista, una visión histórica y evolutiva -bien lejos de ser inmutable- de la realidad.

Las figuras de la Tierra Prometida , del Éxodo, de los 'cielos nuevos y la tierra nueva' avizorados en los tiempos venideros, hablaban de una naturaleza y una humanidad en marcha hacia una saciedad aún no poseída, en gestación, en camino. La peregrinación hacia el santuario, una de las devociones más extendidas en la catolicidad -a Roma, a Santiago de Compostela, a Jerusalén, a Lourdes, a Luján- es como la imagen de esa Iglesia militante y peregrina que avanza hacia el definitivo reposo, hacia la concreción de las esencias aún en germen.

"Sabemos que la verdad no puede contradecir a la verdad " expresa el Papa en su reciente mensaje a los miembros de la Pontificia Academia de Ciencias, recordando que la Iglesia no se opone, ni se opuso nunca, a las hipótesis científicas evolucionistas.

Precisamente la Iglesia , en el mes de Noviembre que cierra con la solemnidad de Cristo Rey el año litúrgico, quiere hacernos reflexionar sobre esas realidades últimas, "esjatológicas" (de ' ésjatos ', en griego, 'último', 'extremo'), que dan significado a todo el curso de la historia del Universo, desde el lejano estallido de la materia primigenia -hace 20.000 millones de años, según las estimaciones de los astrofísicos- pasando por el aparecer de la vida y finalmente la formación del hombre. Pero aún la crónica de la humanidad -con sus marchas y contramarchas- nos muestra, en la transformación de las culturas, evolución. De hecho toda la historia de la antigüedad, resumida en la historia de Israel, se encamina al don definitivo de la Encarnación-Resurrección. Don que no 'emerge' de las fuerzas de la naturaleza, sino 'sobrenaturalmente' Dios regala a los hombres.

Por la Resurrección , el hombre asumido por Dios y unido a Él en la Persona del Verbo, Jesucristo, es establecido como Rey del Universo, Cabeza de la nueva humanidad que habitará los cielos nuevos y la tierra nueva de los cuales hablan la esperanza tanto del Antiguo (Isaías 65, 17; 66,22) como del Nuevo Testamento (Apocalipsis 21,1). Cielos nuevos y tierra nueva que no serán el fruto de la evolución de lo natural, ni del progreso técnico, ni de la utopía política, ni de las realizaciones del hombre en un mundo imperfecto -y de todos modos destinados un día a apagarse en la entropía- sino del regalo de la gracia de Cristo libremente aceptado por cada hombre.

La solemnidad de Todos los Santos es la celebración de ese futuro absoluto presidido por Cristo. El día de los Fieles Difuntos nos hace meditar en el último tránsito o éxodo o transformación que habremos de atravesar todos para arribar a esa Tierra prometida donde Cristo reina.

Marana tha. ¡Ven Señor Jesús!

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