INICIO
otros Sermones
Pbro. Gustavo E. PODESTÁ
S. TH. D., Prof. Ordinario de la Facultad de Teología de la UCA. Buenos Aires.

Triduo preparatorio a la fiesta de Nuestra Señora del Carmen

15-VII-71

El tercer día lo predicó el P. Carlos Nadal.

2º día

Hablaba ayer de la importancia de ese especialísimo instante anterior a la muerte, última oportunidad de todo hombre para decir ‘si' o ‘no' al llamado de Dios. Instante decisivo y supremo de toda vida humana.

Pero es necesario aclarar más esta idea. Porque a muchos se les puede ocurrir que, ya que de ese instante depende la salvación, con tal de que tomemos las precauciones necesarias para que la respuesta de ese último minuto sea positiva, podríamos llevar durante el resto anterior de nuestro estar en esta tierra la vida que se nos antojara. ¿Para qué esforzarnos diariamente en cumplir los mandamientos, con todos los sacrificios que ellos a veces suponen, para qué venir a Misa y portarnos bien, para qué meterse en un convento, si basta una positiva respuesta en el postrer momento para ganarnos el cielo?

Y así, lo que no es sino un recurso extremo de salvación, fruto de la bondad divina, puede transformarse en una excusa para despreocuparnos de la santidad.

Una posición tan tonta como ésta no merecería respuesta, pero quizá convenga darla porque puede aclararnos algunas cosas.

Digamos, antes que nada, que el hombre se va construyendo paulatinamente durante toda su vida. Los minutos de la existencia no pasan: se van sumando uno a uno. Lo que somos en este momento es la suma de todos los momentos que se han sucedido desde que fuimos concebidos. Las habilidades o los conocimientos que ahora poseemos son el fruto de la repetición de acciones o de pequeños conocimientos que se han ido sumando uno a uno a nuestro yo. Cada acto, cada acción va dejando en nosotros una huella, un hábito, una impronta imborrable. Las costumbres o hábitos se adquieren, precisamente, repitiendo muchas veces una misma acción. Tocar el piano, después de muchos ejercicios. Lo mismo manejar un auto, jugar al pin-pon, o, simplemente, hacernos la corbata. Por supuesto aprender a pensar bien y a actuar humanamente.

Porque hay costumbres o hábitos buenos y los hay malos. Las buenas costumbres son lo que llamamos virtudes –e. d. facilidades adquiridas– a través de repetir los actos convenientes, vencernos muchas veces, hacer el bien o las cosas bien. Las malas costumbres, por el contrario, son los vicios –e. d. la facilidad adquirida mediante la reiteración de actos malos de hacer el mal-.

Es difícil para un vicioso, por más que lo desee, transformarse de un día para otro en un hombre bueno. Todos tenemos esa molesta experiencia con esos defectos que, a veces, una vez adquiridos, nos acompañan hasta la muerte.

Será más difícil aún para aquel que toda su vida ha dicho que ‘no' a Dios o ‘sí‘ a medias, decirle rotundamente que ‘sí', ‘ hágase en mi según tu palabra ', en su último memento.

Y pensar que lo vamos a poder hacer es tan ilusorio como el creer que uno podrá participar en una carrera de automóviles o en un campeonato de pin-pon con esperanzas de ganar sin haber jamás manejado un auto o tocado una paleta.

Todos sabemos que Dios podrá darnos a último momento la gracia del buen ladrón, pero sería una temeridad suicida el especular con ello. Además que no sabemos exactamente cuál fue la vida anterior de este hombre, aparentemente de buenos sentimientos y del cual no sabemos exactamente qué crimen lo había llevado a la cruz.

Por otra parte, digámoslo bien claro. Si en esta tierra existen las desigualdades, muchas mayores las habrá en el cielo. “En mi Reino hay muchas moradas”.

Todos, sí, tendrán plenas hasta rebosar sus aspiraciones; todos se sentirán llenos y felices, pero la amplitud de esas aspiraciones, la capacidad a ser llenada, dependerá del grado de santidad que hayamos sabido alcanzar en esta tierra. Como decía Santa Teresita: todos seremos copas llenas de felicidad, pero esas copas serán distintas unas de otras: más grandes y más pequeñas. Su tamaño dependerá de nuestro trabajo, de nuestra caridad en esta tierra.

¡Ah! ¡Si los hombres se dieran cuenta de que el problema no es simplemente salvarse o no salvarse, sino construir, y lo mejor posible, aquel hombre o mujer que vivirán para siempre en el cielo! ¡Cuántos minutos, días y años desperdiciados para esta estupenda labor de la santidad!

 

En fin. Fue una aclaración. Pasemos a otra cosa.

El último instante de la vida, el final, es como ese momento en que los astronautas, después de un viaje por el espacio regresan a la tierra y entran en la atmósfera. Según dicen es el momento más peligroso: se interrumpen las comunicaciones, al contacto con el aire la nave adquiere temperaturas enormes, todo el aparato sufre un impacto terrible. De hecho es en ese lapso cuando murieron los tres astronautas rusos. Una vez en tierra –o en mar, si son americanos- ¡qué alivio! Ya han llegado, se acabó el peligro, no puede ya sucederles nada.

Y, sin embargo, no todo se ha acabado: deben postergar el momento de abrazarse con su familia. Son puestos en cuarentena, deben soportar toda clase de exámenes, responder a miles de preguntas, asegurarse de que en ellos no haya ningún germen patógeno. Ya han llegado, sí, pero aún deben esperar para llegar del todo, para reintegrarse a los suyos, para pasear por las calles de su ciudad.

Piensen también lo que sucede cuando nos compramos un par de zapatos nuevos. Nos lo envuelven y nos entregan el paquete con la caja. Pero no vemos el momento de llegar a casa y ponérnoslo. Y, cuando nos los ponemos, antes de que se adapten del todo a nuestros pies, antes de que se domen y podamos vestirlos con naturalidad, ¡cuántas molestias debemos soportar!

Un poco así –y ustedes perdonarán lo prosaico de las comparaciones- será el momento de la muerte. Si –y lo quiera Dios para nosotros- hemos sabido decir ´si´ al Señor nos encontraremos ya definitivamente encauzados hacia el cielo. Nadie podrá ya quitarnos el premio. Estamos salvados. Hemos descendido felizmente con nuestra nave a la tierra; tenemos en nuestras manos el par de zapatos nuevos.

Pero, probablemente, tengamos casi todos que ponernos en cuarentena; adaptar nuestro pie al calzado.

Porque es verdad que, finalmente, hemos dicho ‘si' al Señor. Pero ¿acaso siempre lo hemos dicho? ¿Toda nuestra vida, todos nuestros días? ¿Nuestro sí ha sido un sí grande, a gritos, total, ofrenda plena de nosotros mismos a Dios, o no habrá sido más bien un ‘sí' apenas susurrado, musitado, a medias, a desgano, a veces pataleando? ¡Y cuántos no pequeños y grandes pronunciamos todos los días!

Para entrar en el cielo necesitaremos un ‘sí' claro y perfectamente pronunciado, avalado por los actos preparatorios de nuestra vida, y es en el encuentro de esa afirmación con el darse pleno de Dios en Jesús, su ‘sí' (1), como se realiza la eterna felicidad.

Necesitamos una mano plenamente abierta para recibir lo que Dios quiere darnos: no un puño, no una mano crispada. Todos los ‘no' de nuestra vida deben desaparecer. Todos los ‘si' a medias, a regañadientes, deben aclararse y hacerse sonoros.

Eso será el purgatorio . No sabemos si lugar o estado; si tendrá o no tiempo; ni como es; ni como se realizará. Pero sabemos que será de una manera u otra molesto y penoso. Tanto más molesto cuanto menos acostumbrados estemos a decir ‘sí'; tanto más penoso cuanto más tengamos que purificar, poner en cuarentena nuestras infecciones pecaminosas o viciosas, y adaptarnos a nuestra nueva situación de pura ofrenda eterna. En el cielo seremos hombres perfectos. Si entramos gibosos, porque nos hemos inclinado siempre a los bienes de esta tierra, tendremos que enderezar nuestras vértebras, con horrible dolor, hasta quedar derechos.

Ninguna comparación vale en este caso. Pero sabemos que la pena de enderezarnos, de la cuarentena, de la doma de los zapatos nuevos, de los trámites de aduana no VIP, de la transformación de nuestros ‘nos' en ‘sí' perfecto, será más tremenda, aunque iluminada por la certeza de la salvación, que cualquier dolor imaginable en esta tierra.

En esos momentos podrán ayudarnos los ‘si' de los que rezan por nosotros. De la cruz llevada por Cristo y ofrecida por nosotros en las Misas que nos celebren en sufragio.

En esos momentos nos ayudará, sobre todo, el ‘sí' más pleno que haya pronunciado criatura alguna en esta tierra. El ‘si' de nuestra Madre. El ‘hágase' de María.

Eso ha prometido nuestra Señora del Carmen a sus fieles.

1- “Porque el Hijo de Dios no fue ‘sí' y ‘no', en el no hubo más que ‘sí'. Pues todas las promesas hechas por Dios han tenido su ‘sí' en él ” 2 Cor 1, 19-20

Volver