Sermones de Corpus Christi
Pbro. Gustavo E. PODESTÁ


Adviento

1975 - Ciclo A

SOLEMNIDAD DE CORPUS CHRISTI

29-V-75
Inmaculada 11 San Benito 17.30

Lectura del santo Evangelio según san Juan 6, 51-58
En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: "Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo". Los judíos discutían entre sí, diciendo: ¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?" Jesús les respondió: "Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es la verdadera comida, y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí. Éste es el pan bajado del cielo; no como el que comieron vuestros padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente".

SERMÓN


Don Quijote y Sancho, Madrid

Cuando, en un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiso acordarse, Cervantes transforma al hidalgo Alonso Quijano ‘el Bueno’ en el caballero Don Quijote, lo que hace es transfundir en el comienzo de la Edad moderna, ya herida por el humanismo y la Reforma protestante, la vieja savia de la caballería cristiana. Y las locuras del sublime caballero de la Triste Figura no son sino el producto del desfase entre la mezquina época que le tocó vivir y su heroico ideal cristiano. Ese mismo desfase que nos hace señalar como bichos raros, como desubicados, como candidatos al sofá del psiquiatra a los que, en este chato mundo, pretendemos seguir, adarga en brazo y lanza en ristre, a Don Jesús de Galilea.
Críticos superficiales han querido ver en el Quijote una requisitoria contra los libros de caballería. Y es verdad que muchos de los que circulaban en la época de Cervantes eran absurdos, llenos de fábulas inverosímiles, con un ideal caballeresco degradado a lo puramente fanfarrón y galante. Pero, justamente, lo que quiere hacer Cervantes es rescatar el ideal cristiano primitivo; el que reflejan las primeras gestas medievales: el ciclo de la Reconquista con la impar figura del Cid; el ciclo carolingio, con su Canción de Rolando; el ciclo de Arturo con los caballeros de la Tabla Redonda. Los pocos rasgos de ridículo o, más bien, de nostálgico humor, que rodean la persona grande y eminente del Quijote no son sino fruto de su desencuentro con un mundo en decadencia que ya no da más lugar a ‘cides’, ‘rolandos’, ‘parsifales’ y ‘montesinos’.

En la catedral de Valencia, en una espléndida capilla lateral, se conserva, engastada su base en una montura de filigrana de oro, una taza de ágata actualmente esmaltada y adornada con perlas, rubíes y esmeraldas que dícese ser la copa de consagración de Nuestro Señor en la última Cena.

Sea lo que fuere de la autenticidad de esta reliquia, dicha copa ha dado lugar a uno de los ciclos más cristianos de la leyenda caballeresca: el de la búsqueda del Santo Grial o de la Santa Copa, empresa por antonomasia de los Caballeros de la Tabla Redonda. Y, así como el Cid, Carlomagno y Rolando son las figuras legendarias y prototípicas de una de las dos grandes metas de la caballería ‑la Cruzada, la conquista o reconquista del mundo para Cristo‑ así los caballeros de Uther Pendragón y de su hijo Artús o Arturo buscan, a través de sus hazañas, la segunda meta, la mística, la unión con Dios, simbolizada en la figura eucarística del Santo Grial.

Cuenta esta leyenda que, cuando Nicodemo fue a reclamar a Pilato el cuerpo crucificado de Cristo, el gobernador romano, medio arrepentido y para congraciarse con él, le entregó la copa en la cual el Señor había consagrado el vino por primera vez en la última Cena y que los soldados habían requisado. En esa misma copa, Nicodemo, al bajar a Jesús de la Cruz, recogió la sangre que aún vertían sus heridas. Más adelante, a causa de la persecución judaica, Nicodemo debió emigrar y se dirigió con su familia a Europa. Allí, de mano en mano y de generación en generación, el Grial fue cuidadosamente conservado.
Finalmente, en la época de Arturo, se encontraba guardado en Montsalvat, en un castillo de cien torres y murallas almenadas.

Pero, la visión del Santo Grial –visión que da fuerzas e inmortalidad a quien lo mire‑ no es para todos. Está reservada solamente a aquellos caballeros que, encontrando el camino y salvando los obstáculos con su vida intachable, se hagan dignos de él. Para mayor aprieto, frente al castillo, no demasiado lejos, se eleva una negra fortaleza, en la cual un perverso hechicero, Klingsor, símbolo de los poderes del mal, a la vez que quiere apoderarse del Cáliz, acecha a los que lo buscan para que no lo encuentren.

Uther Pendragón, padre del Rey Arturo, aconsejado por el sabio Merlín, establece en Bretaña la orden caballeresca de la Tabla Redonda. Hay doce puestos, en memoria de los apóstoles. Uno, el de Judas, permanece siempre vacío. Sobre quien torpemente lo ocupe se precipitan terribles desgracias y calamidades.

Aquellos a quienes cabía el honor de ser invitados a la mesa juraban solemnemente una lista de compromisos: asistirse unos a otros en todo peligro; tener siempre alguna misión noble que cumplir ‑si es posible de las más grandes, de las más peligrosas‑; proteger a los eclesiásticos, a las viudas, a las doncellas, a los huérfanos y a los indefensos. Otrosí, prohibición de abandonar la lucha ni retroceder. Antes morir que dejarse vencer. Prometían asimismo vida de oración, vida de penitencia. Pero, sobre todo y como misión suprema, ponerse a la búsqueda del Santo Grial.
Algunos se extravían en el camino; otros caen en las garras de Klingsor; unos pocos alcanzan a ver el Grial, pero de lejos; uno solo puede finalmente acercarse a él.

En efecto, Corvalán, Leonel, Tristán, Oliveros se pierden o mueren. Su vida, a pesar de su caballería, está demasiado cargada de defectos, de pecados. Son violentos. Engañados por un falso concepto del honor. Nunca llegarán al Grial.
Galván mismo, perfecto caballero, pero llevado a la empresa por miras solamente humanas, tampoco alcanzará la meta.
Lanzarote, modelo de caballería, pecador arrepentido, pero todavía demasiado apegado a sus amores con Ginebra, solo llega al umbral.


Lanzarote en el umbral.

Está reservado a los caballeros sin miedo y sin tacha, Bohorte, casto pero no virgen, y a Parsifal y Galahad –hijo de Lanzarote‑ guerreros vírgenes, ver el Grial. Pero solo Galahad el más perfecto, fuerte, valiente y bueno podrá, por fin, acercarse a éste.
¡Magníficas leyendas plenas de simbolismo que enseñaban a los hombres a ser cristianos!

Porque, en el significado del relato, la Mesa Redonda es el altar de la Santa Misa. Allí se reúnen y se juramentan los que, por el Bautismo, han sido llamados a la milicia y caballería cristiana.
Aquí, también nosotros, prometemos ayudarnos los unos a los otros en el peligro, llevar siempre y en todas partes nuestra misión de cristianos, proteger a los débiles, no retroceder jamás, antes morir que apostatar, rezar, hacer penitencia. También aquí hay una silla para Judas, porque, como dice San Pablo, “el que se acerque a comer de este pan indignamente, come y bebe su propia condenación”.
Y también nosotros podemos extraviarnos y caer en las manos de Klingsor.
Pero, sobre todo, aquí recordamos que para todos nosotros, cristianos, la misión suprema de nuestro ser caballeros andantes por el mundo es la búsqueda del Santo Grial, el encuentro con Dios.

Y, por eso, esta mesa del altar, nuestra Tabla redonda, es un punto de partida, pero también un punto de llegada. Porque es aquí finalmente donde hallaremos el Santo Grial, el Cáliz de la Eucaristía.
Y, aunque está ofrecido a todos, no todos lo alcanzan por más que lo coman, porque la Eucaristía produce sus efectos solo en aquellos que están dignamente preparados para recibirla.
¿Quién va a comparar en encuentro con Dios de nuestras comuniones ligeras y rutinarias con el de la comunión de un San Ignacio o de un San Luis o una Catalina de Siena o una Santa Teresa–auténticos caballeros y damas cristianos‑?
Por eso, antes de partir a la demanda del Santo Grial, recuerden todos el discurso del Rey Arturo: “Caballeros, que nadie entre aquí que no esté absuelto ni confesado, porque nadie puede emprender tan gran servicio que no esté limpio de villanías y pecados. Esta búsqueda no es cosa terrena, es la búsqueda de los grandes secretos de nuestro Señor y de los misterios que el Altísimo Maestro mostrará abiertamente al bienaventurado caballero que puro, sin miedo y sin tacha, empuñe su espada pro la justicia y la verdad.”

Sí, señores caballeros, aquí, dentro de un momento, estará el santo Grial con el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor. Pero solo se allegará a él, lo conocerá íntimamente y de cerca, aquel que, sobre esta tabla del altar, jure conservar su honor cristiano y cabalgue en consecuencia, cargando sin miedo, aun cuando, a veces, Buenos Aires disfrace sus gigantes de molinos de viento, hasta el día venturoso aquel en que, sin velos ni misterios, podamos sentarnos para siempre a la mesa de nuestro Rey.


Nicolas Poussin, Última Cena, 1640

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