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Sermones deL TIEMPO DURANTE EL AÑO

Pbro. Gustavo E. PODESTÁ


Adviento

1974. Ciclo C

20º Domingo durante el año
18-VIII-1974

Lectura del santo Evangelio según san Lucas 12, 49-53
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo! Tengo que recibir un bautismo, ¡y qué angustia siento hasta que esto se cumpla plenamente! ¿Piensan ustedes que he venido a traer la paz a la tierra? No, les digo que he venido a traer la división. De ahora en adelante, cinco miembros de una familia estarán divididos, tres contra dos y dos contra tres: el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra»


Sermón

¿Quién no ha alguna vez observado en algún campamento o en algún asado o en una chimenea o en un incendio el magnetismo de las figuras danzantes del fuego? Mirar el fuego es un poco como mirar el mar: uno nunca se cansa y puede estar horas y horas contemplándolo. ¡Qué compañero fascinante el chisporroteo de las brasas cuando el frio aprieta y asusta la oscuridad! ¡Quién sabe si la satisfacción que uno siente junto al fuego no nos viene de lejanas herencias ancestrales, recuerdos genéticos de antepasados perseguidos por glaciares y refugiados, apretujados, alrededor de la fogata en la caverna!

Fuego amigo. Fuego cálido, alegre. Llamas saltarinas. Semilla de vida que depositó el rayo y el sol sobre la tierra.
Pero si todo hombre naturalmente ama al fuego, también lo respeta y le teme. Desde el día en que curiosos, cuando pequeños, aproximamos el dedo a la llama ya sabemos que con él.-como dice el refrán- no se juega.
¡Y cómo sabían de esto los antiguos! En la Roma de antaño la dueña de casa –y a nivel estatal las vestales-  eran las encargadas no solo de cuidar que el fuego del hogar no se apagase –no existían aún los fósforos ni los encendedores- sino también que el fuego no se propagara, que no se incendiara la casa. Esos incendios terribles, devastadores de las ciudades antiguas sin bomberos y sin agua, o de los bosques secos en verano. Mar de llamas que aún suelen asolar en nuestros días a los campos.
Sí: lumbre, fuego a la vez amable y temible, amigo y asesino, la misma llama que da luz y calor puede también enceguecernos y abrasarnos.
Y, por ello, para el hombre primitivo el fuego está en el límite entre lo divino y lo humano. Bajo el dominio del hombre, sí, pero no del todo. Su poder puede rebelarse, hay que manejarlo con respeto, con cuidado. Y viene de arriba, de Zeus, en la ira del rayo tonante, en el acariciar benéfico del sol o robado para el hombre por Prometeo. Y, justamente porque viene de arriba, de la divinidad, el fuego impregna y vivifica todas las cosas y da vida a los seres animados. Cuando el fuego se escapa con el alma, el animal o el hombre mueren y por eso se enfrían.

El fuego transforma, purifica, sublima, quema, evapora, hace hervir las aguas, hace temblar la tierra en los volcanes y terremotos. ‘El fuego todo lo mueve’, pensaban los antiguos y, por lo mismo, Heráclito de Éfeso, que afirmaba que no había nada estable, que todo era movimiento, cambio –como hoy Marx- decía que, en el fondo, todas las cosas estaban formadas por fuego. El fuego, para él, sería el elemento primordial y todos los seres no son más que formas enrarecidas o condensadas del fuego. Y tan lejos de la verdad no estaba ¿acaso no sostiene la física moderna que la materia no es sino energía, electrones, protones y neutrones centelleantes y enloquecidos como el epicentro de una hoguera?
Y, por eso el fuego o el sol, amable y a la vez temible, han sido siempre uno de los grandes símbolos de la divinidad en su relación al hombre. Júpiter con su rayo. El Dios que da la vida, pero también que puede destruir y castigar. El sol que se levanta benéfico después del diluvio con su arco iris; pero también el fuego y azufre que cae sobre Sodoma y Gomorra y las destruye. El Dios que atrae y a quien se ama, pero el Dios también que inspira respeto y reverencia.
Así se revela Dios a Moisés: en una zarza ardiente, una fogata, que porque no se consume suscita la atención y atrae a Moisés, pero al mismo tiempo despierta su temor: “No te acerques, quítate las sandalias porque el lugar en que estás es sagrado”. También en el Sinaí, cuando las tablas de la ley, anota la Biblia: “Todo el monte Sinaí humeaba, porque Yahvé había descendido sobre él en forma de fuego” y, mientras Moisés se acercaba, el pueblo temblaba de pavor. Es un carro de fuego asimismo el que arrebata a Elías y lo lleva al cielo; y es una espada llameante la que impide a Adán y Eva el retorno al paraíso. El fuego es asimismo la manera que tiene Dios en el templo de apropiarse de los sacrificios. Los holocaustos son ofrecidos a Dios quemándolos hasta reducirlos a cenizas en el altar.

También es la forma que tiene de purificar a sus profetas: un tizón de fuego quema los labios del profeta Isaías preparándolo para hablar en nombre de Dios. ”Yahvé tu Dios –escribe el Deuteronomio- es un fuego devorador, un Dios celoso, no vayas detrás de otros dioses porque la ira de Yahvé tu Dios se incendiará contra ti y te hará cenizas.
Y así, pues, el fuego simboliza la intransigencia de Dios frente al pecado. Devora al que encuentra de la misma manera que Dios al pecador endurecido. Por eso el fuego puede convertirse en sinónimo de la muerte, de la nada, de la ceniza. Y al bueno lo transforma, lo purifica como, en el crisol, el fuego purifica los metales. Dios –tal las llamas- transforma a todo el que entra en contacto con Él.

Y sigue siendo fuego Dios en el Nuevo Testamento. Fuego que calienta, pero fuego también que aniquila y que quema.”Yo os bautizo con agua”, decía Juan el Bautizador, “pero el que viene detrás de mí Él os bautizará en el Espíritu y en el fuego”. Y en seguida apunta: “en su mano tiene el bieldo para limpiar su era y recoger el trigo en su granero, pero la paja la quemará con fuego que no se apaga.“
Siempre la ambivalencia del fuego: benéfico y destructor. El espíritu Santo aparece como lenguas de fuego en la frente de los apóstoles en Pentecostés. Jesús resucitado espera a sus discípulos que vuelven de pescar con una fogata encendida en la arena. Los discípulos de Emaús, cuando por fin se dan cuenta de que habían estado hablando con Cristo se dicen uno al otro: “¿Acaso no estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino?” Y, en el apocalipsis la Jerusalén mesiánica, la ciudad Santa, los nuevos cielos y nueva tierra tendrán –dice- “un resplandor y calor como el de una piedra preciosa, como jaspe cristalino, tanto que no necesitará ni sol ni luna ni estrellas”. Pero por el otro lado, en su constante y divina ambivalencia, será el fuego también, finalmente, quien destruirá y purificará al fin de los tiempos la tierra: “Como el relámpago fulgurante que brilla de un extremo a otro del cielo así será el Hijo del hombre en su día”. Y fuego habrá para siempre en el infierno: “Todo árbol que no da buen fruto es cortado y arrojado al fuego” “Así será en la consumación del mundo: saldrán los ángeles y separarán los malos de en medio de los justos y los arrojarán en el horno de fuego. Allí será el llanto y el rechinar de dientes”. Y el Apocalipsis agrega “y el humo de su tormento subirá por siglos de siglos”.
Todas estas imágenes están detrás de la afirmación de Jesús que hoy hemos escuchado en el evangelio: “Yo he venido a traer fuego a la tierra y ¡cómo desearía que ya estuviera ardiendo!” Cristo es el fuego divino que, como gran don, desciende hasta nosotros. Fuego que, como el fuego material, nos hará bien o mal, pero no puede dejarnos indiferentes. Fuego que cardinalmente viene a purificarnos y darnos calor y nueva vida, pero que se levantará en abrasador testimonio contra nosotros si a Él no respondemos.
Mientras no hay fuego ni luz todos los colores son iguales –‘de noche todos los gatos son pardos’-. Mientras no hay fuego el papel y la madera es lo mismo que el acero. Pero a la luz de las llamas cada cosa toma su color y precisa su contorno. La paja y el papel se vuelven cenizas, el oro y el acero resplandecen. Cristo viene a precisar y separar el mal del bien, la biblia del calefón, el ‘chorro’ del gran profesor ¡basta de cambalache” nada es igual –cantaría Discepolo- y, por eso, con Cristo no hay componendas: “El que no está conmigo está contra mí”. De allí que “no he venido a traer la paz –la paz de la pachorra, ni de la sonrisa tolerante, ni del ecumenismo barato, ni del acomodarme cómplice a los tiempos, ni del “bah todo el mundo lo hace”, sino que “he venido traer la división” aun de los amigos, si es preciso, aún de los míos: “tres contra dos y dos contra tres”.

Fuego he venido a traer al mundo “Y porque no eres ni frio ni caliente te vomitaré de mi boca” dice el Apocalipsis. Podemos estar fríos si no hemos conocido a Cristo y eso no se nos reprochará. Pero, si habiéndolo conocido permanecemos tibios, temamos entonces el calor estuoso del fracaso infernal. Porque de una u otra manera, para bien o para mal –créelo- fuego tendrás.

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