El valor de ciertas intuiciones freudianas se manifiesta en la persistencia con la cual ciertas imágenes deformadas de religiosidad, casi diría de superstición, persisten aún después de la revolución religiosa de Jesús.
Entre ellas la confusión entre el ‘sentimiento de culpa' – das Schuldgefühl -, tan bien descripta por Freud , y la cristiana ‘conciencia de pecado'. Desde una u otra cambia radicalmente el concepto de Dios o de la relaciones de Dios con el hombre o con el pecador.
Melanie Reizes ( Klein ) Viena 1882 - Londres 1960
Según las teorías freudianas –corregidas luego por Melanie Klein - el ‘sentimiento de culpa' nace del ‘complejo de Edipo' y del encuentro del rendimiento del ‘Yo' con las exigencias del ‘Superego' - das Über-Ich -, que introyecta los ideales o figuras parentales. El ‘Yo' - das Ich - se rebela agresivamente ante estas exigencias del ‘Superego' y esta misma agresividad, sentida como culpable, se vuelve contra el ‘Yo' en forma ‘masoquista', transformada en ‘complejo de inferioridad' y ‘de culpa'.
El ‘Superyó' es, pues, vivido como ‘sádico' y se transforma en instancias represoras de las pulsiones eróticas y agresivas, mediante la función de la conciencia.
El complejo edípico mezcla a todo esto el ‘miedo a la castración', el ‘miedo a la pérdida del amor del padre', el miedo a la autoridad.
Este temor alcanza su configuración plena –según Freud- en la Religión, en donde conciencia y superyó son proyectados a la imagen divina. Dios es, así, el ‘Gran Superego' en donde se subliman todas nuestras fantasías inconscientes de terrores, represiones, miedos y culpas.
Si Freud o Melanie Klein tienen o no razón en el detalle o en todo, eso pertenece al dominio de los psicólogos. Pero que algo de todo esto enturbia evidentemente nuestras relaciones con Dios no puede ponerse en duda.
Porque se da el caso que gran parte de las religiones naturales de la historia se han visto plasmadas en esta mentalidad. Dese el miedo a lo sagrado y el tabú supersticioso de los primitivos, que temen que cualquier error o transgresión de ciertas formas de actuación puede desencadenar el enojo de caprichosas divinidades, hasta religiones más desarrolladas -como la de los persas o los griegos- en las cuales la violación de las normas provocaba, de inmediato, la ira y el castigo de los dioses.
De esto todavía a hay mucho, aún, en el Antiguo Testamento. ¡En la primera lectura de hoy! El pecado, allí, ‘ofende' a Dios y Éste se venga descargando Su Ira contra los hombres. Todavía Juan el Bautista, en los umbrales de la revelación de Jesús, aparece como el profeta adusto y vociferante que anuncia la proximidad del juicio y del día de la ira de Yahvé.
¿Y no es verdad que tantas de nuestra acciones religiosas obedecen al esquema supersticioso “si hago esto, me va a ir bien”, “si no lo hago, Dios me va a castigar y las cosas saldrán mal?” ¿No es verdad que el pecado lo vivimos muchas veces solo como ‘sentimiento de culpa' –cuando no hemos perdido hasta eso-, como miedo a Dios, como temor al castigo?
Nuestro torcido concepto del dios represor y sádico, vigilante con su libreta de boletas en la mano, dispuesto a extendernos la multa tan pronto incurrimos en la más mínima transgresión, preparado para arrojar sobre nuestra cabeza una nube de calamidades si no le obedecemos, juez adusto y castrante, pesando hasta el más mínimo de nuestros pensamientos, para condenarnos o darnos -si nos arrojamos a sus pies, sumisos- la absolución.
Y ¿no será, quizá, esta figuración de Dios -despótico, autoritario, sádico ‘Superyó' engendrado por nuestro inconsciente- la que provoca, en el mundo moderno y en tantos hombres, el estúpido orgullo de la rebelión, el vanagloriarse frente al pecado, frente a la norma violada? ¡La soberbia imbécil de la propia autonomía! ¡Y hasta la presuntuosa arrogancia de querer ofender a Dios o a todo lo que a Él represente!
¡Cómo si Dios pudiera ser ofendido! El lenguaje de la Iglesia no tiene más remedio que manejarse a veces con palabras antiguas, antropomorfas. Todos hemos escuchado hablar alguna vez del pecado como ‘ofensa' y del ‘castigo' y de ‘la ira de Dios'. Pero, en el Nuevo Testamento, estas expresiones ya han perdido su significado etimológico y solo restan como metáforas.
¡Cómo vamos a pretender nosotros, minúsculas creaturas, ofender a Dios! Él, en Sí mismo, está más allá de toda ofensa, de todo daño, de toda infelicidad.
El pecado no le hace daño a Él, nos daña a nosotros y, si a Él toca, le toca indirectamente, en el amor que nos tiene, en el dolor del padre que ve extraviado a su hijo, en la pena del que sufre el daño de aquellos a quienes ama.
¡No pecador: tus fuerzas no te alcanzan para provocar la ira de Dios, para ofenderlo! Ni eso puedes hacer. Provocas Su lástima, te mira con inmensos ojos compasivos nublados de lágrimas y tristeza.
Y espera tu vuelta. Tu regreso.
Y ni te pienses que te castigará. Al contrario, querrá siempre curarte del daño y el castigo que vos mismo te imponés al pecar.
Porque no ha puesto los mandamientos y los preceptos como trampas para que tropieces y pueda penarte; ni como prueba de tu sumisa obediencia a Su majestad, no. En ellos, como el médico que te indica las reglas de la salud, te señala el camino de la perfección y de la felicidad.
No necesita el médico venir a golpearte si has transgredido sus consejos: tu propio organismo se encargará de hacerlo, en el dolor y la enfermedad. Tampoco ha de venir Dios a escarmentar tus pecados. Vos mismo te penás en ellos, al alejarte de su casa, al perderte entre los cerdos en la búsqueda de una falaz felicidad.
Y en las sociedades ¿acaso hace falta fuego y azufre del cielo para vengar la mentira, la prepotencia, el robo, la coima, el peculado, el egoísmo, la haraganería, la lujuria, la infidelidad, la cobardía? Ellas mismas provocan su propia ruina en frutos de injusticia, de pobreza, de traición, de atraso, de soledades y orfandades incurables, de desconfianza, de disolución y de ruina.
Y, si, finalmente –cosa que Dios no quiera ¡que tú no quieras!- te alejás de Él para siempre, lo harás porque querés, no porque Dios te rechace. Porque Él te ha buscado toda la vida, te ha llamado siempre y te ha esperado hasta el fin.
Y el eco de su búsqueda seguirá resonando como lúgubre lamento, en los oídos de tu congelada eternidad.
¡Déjate encontrar por el Dios que quiere curarte tus pecados y ponerte anillos en los dedos y sandalias en los pies!, ¡déjate abrazar por el padre que escudriña el horizonte a ver si ese puntito que se mueve a lo lejos sos vos que volvés!, ¡déjate llevar, oveja boba, por el pastor, cansado de buscarte, hasta en paisajes de roca y de Cruz!
Él te recogerá en sus brazos y matará su novillo más gordo; y no te hará ningún reproche. Y, ni siquiera querrá tus ‘sentimientos de culpa', porque Él mira no para atrás sino para adelante, hacia el futuro.
Ese Futuro que, cualquiera sea tu pasado y tu culpa, siempre puede ser tuyo. Porque, en la mesa de Jesús, junto a los demás publicanos y pecadores, siempre habrá un lugar para vos.