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Sermones deL TIEMPO DURANTE EL AÑO

Pbro. Gustavo E. PODESTÁ


Adviento

2003. Ciclo B

30º Domingo durante el año
(GEP; 26/10/2003)

Lectura del santo Evangelio según san Marcos     10, 46-52
Cuando Jesús salía de Jericó, acompañado de sus discípulos y de una gran multitud, el hijo de Timeo -Bartimeo, un mendigo ciego- estaba sentado junto al camino. Al enterarse de que pasaba Jesús, el Nazareno, se puso a gritar: «¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!» Muchos lo reprendían para que se callara, pero él gritaba más fuerte: «¡Hijo de David, ten piedad de mí!» Jesús se detuvo y dijo: «Llámenlo» Entonces llamaron al ciego y le dijeron: «¡Animo, levántate! El te llama» Y el ciego, arrojando su manto, se puso de pie de un salto y fue hacia él. Jesús le preguntó: «¿Qué quieres que haga por ti?» El le respondió: «Maestro, que yo pueda ver» Jesús le dijo: «Vete, tu fe te ha salvado» En seguida comenzó a ver y lo siguió por el camino.

Sermón

            Todos conocemos los conmovedores cuadros de Pieter Bruegel, el Viejo, de la escuela de los Países Bajos que comenzaba, entonces, a reflejar a la humanidad en sus aspectos más lacerantes. ¿Quién podrá olvidar su famoso Triunfo de la Muerte en El Prado, o la conmovedora tabla Los Lisiados, o la Parábola de los Ciegos en el Louvre: esa fila de no videntes tomados uno del hombro del otro avanzando, a pleno sol, en la oscuridad. Es verdad que corrían -estamos en el siglo XVI-, tiempos de peste, provocada por las aglomeraciones urbanas sin higiene, unida a las terribles guerras suscitadas por el protestantismo, con su secuela de enfermos, mutilados, cojos, rengos y deformados. Pero también es verdad que, en aquel tiempo, no había ni sanatorios, ni internados, ni pulidos muros blancos donde sacar de la vista de los sanos, como se hace ahora, los efectos de enfermedades aún incurables o de guerras todavía más crueles y de peores consecuencias que las de otrora. La miseria de la humanidad no estaba censurada o aparecía solo breves segundos, entre una propaganda y un programa cómico, en la aséptica pantalla de la televisión: estaba siempre a la vista y convivía con el hombre común.

            De todas esos morbos uno de los más difundidos era la ceguera, esa que refleja el cuadro de Bruegel. Pero ello ya venía de la más remota antigüedad. Sin las curaciones y cuidados que se prodigan modernamente al recién nacido, muchísimos desarrollaban, tan apenas surgidos a la vida, enfermedades oftalmológicas que los dejaban sin ver desde su más tierna infancia.

            En época de Marcos, nuestro evangelista, Roma era también un muestrario de enfermos, mutilados de guerra, paralíticos, ciegos que, aún sin haber nacido en ella, sabían que las grandes urbes eran los únicos lugares, aunque no hubiera hospitales, en donde los ricos podían arrojarles los mendrugos suficientes para seguir viviendo.

            No tenemos estadísticas fiables, pero que las enfermedades de la vista, las oftalmias u oftalmías, eran re-comunes nos lo demuestra el que, entre los utensilios médicos romanos, hay más restos de farmacología e instrumentos de oculistas que de cualquier otra especialidad. Medici ocularii, se llamaban, médicos oculistas y sus fórmulas infalibles eran el colirio, tanto el líquido como el sólido, el más usado, en forma de bastoncitos sobre los cuales se había impreso el nombre del médico y el nombre del preparado y el uso para el que servía. Se han hallado centenares de estos bastoncitos, así como instrumentos para operar cataratas. En cambio el anteojo aún no se conocía: es un invento medieval. Aunque es verdad que se cuenta que Nerón, que era miope, para poder observar los combates de gladiadores, se servía de una esmeralda cóncava.

            Por las fórmulas empleadas que nos han llegado podemos suponer, que muy pocas cegueras se curaban y debía ser una de las carencias más terribles y extendidas de la antigüedad. Sin contar la facilidad con que se vaciaban las órbitas o se quemaba con hierro candente los ojos de enemigos y criminales. Se presume que el siete por ciento de la población romana era ciega y muchos más padecían de trastornos visuales.

            Y si para cualquier hombre de la antigüedad las tinieblas de la noche, cuando la iluminación artificial apenas existía, eran el paradigma de lo terrorífico, lo peligroso, lo poblado de acechanzas, enemigos y seres demoníacos, la ceguera era el 'sumum' de la desdicha. Vivir la noche permanente.

            De allí que, en un mundo en donde los conceptos se montaban en símbolos y alegorías, la noche y el día, la oscuridad y la luz, la ceguera y la visión, se transformaron, en todos los mitos, en los polos contrapuestos de la realidad, figuraciones de la perpetua oposición entre el bien y el mal, el ser y la nada. Todos los mitos de origen de la antigüedad muestran como primer capítulo del desplegarse del cosmos, la separación de la luz y las tinieblas. Separación no definitiva, puesto que las tinieblas tratarán constantemente de volver a devorar a la luz, tarea en la cual finalmente triunfarían. Y en estos mitos dualistas, el ser humano no era sino una chispa de luz encerrada, desterrada, en la materia y enceguecida por la oscuridad de su cuerpo. Mitos iránicos y gnósticos en época Romana, coincidentes con las elucubraciones orientales, el yoga, el budismo. Para todos ellos sería necesario liberar esta luz interior que lleva dentro todo hombre y devolverla al estado divino que naturalmente le pertenece. Y estos pequeños dramas individuales no eran, según estos mitos, sino el reflejo de una lucha cósmica entre el Dios de la luz y el Dios de las tinieblas. Manes, el fundador del maniqueísmo, en el siglo IV, con algún influjo cristiano, hablará de la lucha permanente entre el Dios de la luz y Satanás, el señor de las tinieblas.

            Nada de eso aparece ni en la revelación bíblica ni en el cristianismo. Es verdad que, en nuestro mito de la creación, también Dios crea la luz y la separa de la tiniebla. Pero tanto la una como la otra, día y noche, ambas son creación divina. Y la oscuridad, la nocturnidad, de ninguna manera es mala: es tiempo de descanso, de sueño reparador, preparación a la alborada y a la aurora; incluso bondadosamente iluminado por Dios con los veladores nocturnos de la luna y las estrellas. No existe un Dios de la luz y una perversa divinidad de las tinieblas: existe un solo Dios bondadoso, omnipotente, sabio, que todo lo crea para el bien del hombre. De existir el demonio no sería más que una insignificante creatura que se ha hecho voluntariamente desviada, capaz de fastidiar solamente a los que son más insignificantes que él.

            Es cierto, de todos modos, que la ceguera sigue siendo un mal. Pero como dice bien Santo Tomás: de por si el mal no existe, es solo carencia del bien que se debería tener. Y, precisamente, el ejemplo al cual constantemente acude para explicarlo es la ceguera. Porque ella no es un mal para la piedra. La piedra no tiene, en su naturaleza, nada que le exija ver. Sí es un mal para el hombre a quien correspondería ver.

            Así pues la ceguera es un mal porque nos quita algo que nos corresponde: no solo impide ver las cosas bellas, el horizonte, la meta, sino el camino por donde avanzar para alcanzarlas. Sin embargo es verdad que aquello para lo cual finalmente existe el hombre y le da significado a la existencia no son ni las bellezas visibles en este mundo ni los caminos que encerrados en la esfera de la tierra no llegan definitivamente a ninguna parte. El hombre está hecho, por gracia de Dios, para, en tránsito en este mundo, alcanzar un fin que está mucho más allá de lo que pueden percibir nuestros ojos y para llegar al cual se necesita recorrer un camino para el cual no sirven los soles y menos las linternas de este mundo. Y la mera luz de la razón, que si la utilizáramos bien serviría para alcanzar las metas parciales de este mundo, no es suficiente para llevarnos a donde Dios nos llama. Sin la luz de Cristo, sin la fe, la esperanza y la caridad, el hombre está como ciego para ello, mal pésimo, porque carece de lo que debería poseer según la vocación que Dios determina regalarle. El hombre sin Cristo es verdaderamente ciego, sufre tremendo mal, porque le falta algo que le correspondería tener, no porque pueda lograrlo con su naturaleza, sino porque Dios quiere que lo tenga.

            Además de los muchos embaucadores y falsos médicos que existían en Roma en época de Marcos, prometiendo ineficaces remedios a los ciegos, multitud de filosofías y religiones ofrecían distintos caminos y fórmulas de realización personal, de encuentro con la luz, de salvación. Todas esas religiones y filosofías afirmaban que el hombre ya tenía dentro de sí, la luz y la visión y solo necesitaba un maestro, un gurú, que le enseñara a liberarla.

            Siguiendo las huellas de Pedro y de Pablo, Marcos ya ha comprendido bien que el hombre no es una chispa de dios o de luz exiliada en la materia, sino simplemente una criatura necesitada, para salir de si misma y encontrarse con Dios, de la gracia de Cristo. El es únicamente la verdadera luz. Una luz que no nos deja encerrados en este mundo, sino que nos abre a lo verdaderamente divino y luminoso y nos impulsa a una realización que va muchísimo más allá de lo que puede el hombre. Tanto más allá que, recién al dejar lo humano es capaz de alcanzarla.

            Pues bien. Allí se encuentran los cristianos de Roma en época de Nerón enfrentados finalmente con la posibilidad de dejar lo humano, de ser perseguidos, confiscados, torturados y hasta muertos. Es el momento en serio de probar la fe, de demostrar que realmente son cristianos. Hasta entonces ser cristianos en Roma había significado sumarse a la comunidad de los creyentes, empezar a ver la verdad, encontrar significado a sus vidas, hallar normas de conducta, ser consolados en sus necesidades materiales y espirituales. El cristianismo era pues, para ellos, un beneficio también humano: comunidad, sentido de la Vida, paz, nobleza aún para los más postergados, los más pobres... quizá obtener algún milagro. A la multitud de esclavos o de clases sometidas -incluso la mujer respecto del varón- sistema casi de castas que hacía a la esencia de la sociedad romana, el evangelio elevaba a todos a la categoría de hijos de Dios, a la igualdad, a la verdadera libertad.

            Pero ahora, la apuesta cristiana no parecía a puro beneficio. En la persecución, se transformaba en inminente peligro de entrega de vida. Se terminaban los consuelos de este mundo, el horizonte inmediato podía ser la misma muerte. Muchos cristianos defeccionaron. Hasta allí no quisieron seguir a Jesús. Justo cuando su fe hubiera podido no solo purificarse sino alcanzar su pleno significado -en esperanza no de bienes temporales, de consolaciones terrenas, sino de Resurrección y de vida Eterna-, gran parte de los cristianos volvían a la ceguera, abandonaban el camino de la luz, preferían perderse en las sombras fugaces de este mundo.

            Es en vista a esta situación y a estos cristianos romanos para quienes Marcos, nuestro evangelista de este año, escribe su evangelio. Y si Vds. -como les he aconsejado hacerlo en las homilías de este año- han seguido un poco el desarrollo de su relato, verán que la llamada "gran sección central de Marcos" que comprende su viaje desde Galilea hasta Jerusalén, donde completará su misión, está enmarcada entre dos curaciones de ciegos: la primera, en el capítulo 8, la del ciego de Betsaida, al norte del Mar de Galilea, y ahora la de Bar Timeo, en Jericó, la gran puerta de entrada de los que vienen por la Transjordania al camino real hacia Jerusalén. La primera escena del último acto de la vida de Jesús.

            El camino entremedio está pensado por Marcos como una lenta pedagogía de Cristo a sus discípulos respecto de la verdadera fe. Es al comienzo de esa marcha donde Simón, que ha sido un no vidente total con respecto a la verdadera identidad de Jesús, es parcialmente curado de esa ceguera interior. Cerca de Cesarea de Filipo, después de lo del ciego de Betsaida, descubre en parte la verdad. Al fin logra ver que Jesús es el Mesías, "Tú eres el Mesías el hijo de Dios vivo". Imperfecto, empero concepto del Mesías: mesianismo y liberación puramente política, promesa de bienes temporales. Así comenzamos casi todos nuestra aproximación a Cristo.

            Pero, durante esa marcha, Jesús les revela e intenta hacerles entender que es el "Hijo del Hombre" destinado a padecer, morir y resucitar. Pese a ello y aunque Dios confirma en la Transfiguración que Jesús es Su Hijo, Pedro, Santiago y Juan continúan sin ver cuál puede ser el significado de la 'resurrección de Jesús de entre los muertos'. Incluso, después del tercer anuncio de la pasión, tan lleno de detalles, la ceguera de Santiago y Juan alcanza tal grado que lo primero que se les ocurre es pedir puestos de honor en el reino. Pero ahora, a la salida de Jericó, desde que han atravesado el Jordán ya no pueden esperar de Jesús sino que les permita compartir plenamente 'su camino', su muerte, para alcanzar entonces, a través de la cruz, la plenitud de la fe.

            Por eso la curación primera del ciego de Betsaida (8, 22-26) ha sido parcial, dificultosa. A solas, apartados de la multitud. Marcos recuerda que Jesús incluso acude a recursos cuasi mágicos: lo toca con saliva en los ojos, le impone las manos... Y el ciego no alcanza la visión de pronto, sino de a poco, al comienzo solo ve bultos, como árboles, Jesús debe volver a ponerle las manos en los ojos. Recién al final -dice Marcos- el hombre veía 'de lejos' todas las cosas. Pero Jesús, entonces, lo manda de vuelta a su casa. El convalecente no sigue a Jesús ni proclama lo que le ha sucedido. Por otra parte, es un ciego anónimo.

            Ahora no: el nuestro de Jericó tiene nombre. Bar Timeo. La fe es lo único que nos da nombre, nuestra auténtica personalidad. Cuando somos totalmente cristianos allí recién somos libres, somos personas. Bar Timeo, uno de los poquísimos nombres propios que recoge Marcos de sus personajes del evangelio. Solo los santos tienen nombre.

            Bar Timeo también, al principio, busca la curación egoístamente, se dirige a Jesús como al hijo de David, a lo mejor como a Salomón, hijo inmediato del rey David, famoso, en época rabínica, por sus curaciones.

            Pero allí empieza Marcos a hacer teología para sus pobres romanos perseguidos: los mismos que querían impedir a Bar Timeo acercarse a Jesús, son mandados por Él a que se lo traigan. Marcos está insinuando a los cristianos romanos que aún sus perseguidores y quienes tratan de apartarlos de Cristo, por Su imperio, son instrumentos de una cercanía mayor.

            Todo se hace ahora en público, no en privado, como con el ciego de Betsaida. Es momento, pues, según Marcos, de no temer dar testimonio en público, a la multitud, aunque por ello sean perseguidos y crucificados. Se acabó la devoción meramente privada, el andar ocultándose en las catacumbas. Hay que salir a gritar el evangelio a los techos y las azoteas. Puñado de cristianos en la inmensa y apóstata Buenos Aires.

            Ánimo! ¡Levántate! El te llama". Ánimo, necesitan los cristianos hostigados por Nerón y por los poderes de los hombres. Y Bar Timeo hace, ante ese llamado, lo que debieran hacer todos los cristianos: arroja su manto a un lado, ese manto donde relumbran las miserables limosnas de este mundo, sin curar un pito de ellas y, dando un brinco, va hacia donde Jesús le llama.

            "¿Qué quieres que te haga?" ¡¿Qué quieres que te haga?! ¡Por Dios! "¡que vea!" Sí, Señor, ahora que estoy en las tinieblas, en la soledad; metido en problemas que me quitan la esperanza, ahogan mis ilusiones, me hacen tambalear la fe; ahora que estoy hasta los tobillos sumergido en el barro de las trincheras; aquejado de penas y dificultades que pugnan por hacer vacilar mis convicciones; ahora, en medio de esta noche de los sentidos y del espíritu, ¡por Dios! Señor, ¡mi Señor!, que vea...

            ¡"Mi Señor"!, Rabbuní, Rabboni, es una de las dos veces que aparece esta palabra en los evangelios, la otra en la Resurrección, con María Magdalena. 'Mi Rabí', Rabbuní, no simplemente Señor, Maestro: Mi Señor, Mi Maestro. 'Mío', asumido, introyectado, por fin llevado conscientemente, no como alguien de afuera, no como la doctrina que aprendo de memoria, que estudio en los libros, sino como el Señor que se enseñorea de mi vida y que entabla relación personal conmigo. 'Señor mío y Dios mío', dirá el apóstol Tomás. Por eso, tanto Tomás, como María Magdalena, como Bar Timeo, porque le llaman 'mío', 'mi Señor', por eso los tres tienen nombre, son "álguienes".

            Y allí nomás -ya no hay necesidad de saliva, de imposición de manos, de ritos mágicos, de milagreros-, allí cuando la cruz está más cerca que nunca, Bar Timeo alcanza la plenitud de la luz. "Vete, tu fe te ha salvado".

            "Y al instante el ciego recobró la vista y lo siguió por 'el Camino'".

            El camino que, a través de la cruz, de la renuncia, del regalo de uno mismo a Dios y a los hermanos, finalmente lo hacía cristiano, lo hacía ver, y lo encaminaba hacia su destino de cielo.

            Sí, Bar Timeo alcanza la verdadera luz. Jesús, abandonado por casi todos, anónimos en su huída, ya puede, acompañado por 'alguien', avanzar hacia la verdadera y luminosa victoria de la Cruz.

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